martes, 5 de agosto de 2014

GAZA,
 la  banalidad  del  mal
  (para proteger la humanidad)


Guillermo Arenas Escudero



«Pasaremos a la historia como los más grandes estadistas
de todos los tiempos, o como los mayores criminales».
 (Goebbels 1943) (*)




Hannah Arendt (Linden-Limmer, Hannover 1906--Nueva York 1975), una judía brillante, como tantos y tantas de su pueblo, como se sabe, fue una teórica política alemana, que en su obra: "Eichmann en Jerusalén", acuñó el concepto (sino la categoría): 'la banalidad del mal'.

Los oficiales de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), su Comandante en Jefe y todos los que participan en los ataques en la Franja de Gaza, no son unos monstruos, ni el pozo donde anida la maldad. Sus actos crueles, conscientes y brutales no tienen atenuantes, ni excusas, ni son inocentes, pero en caso alguno se ejecutan porque ellos tengan una infinita capacidad para la crueldad. Sólo, como dijera la Arendt en relación a los actos de Eichmann, los ejecutan porque son unos burócratas de una máquina de guerra y exterminio al servicio de un objetivo superior, supremo. 

Lenta, imperceptible, pero inequívocamente el Estado de Israel y las FDI han establecido una política de exterminio en contra de todo aquello que se oponga a la 'seguridad nacional israelí'.

La máquina de muerte y destrucción en la Franja de Gaza, constituye el fracaso de Occidente y su cacareado "Humanismo" que vocean con altanero desdén y al que rinden hipócrita culto desde hace ya unos tres milenos.

Finalmente, hoy por hoy, el 'humanismo' es una palabra vacía cuando no está al servicio del poder.

Me refiero a los todos aquellos 'humanismos' euro-occidentales, como el alegre,  optimista y pretencioso de la Ilustración, el del Cristianismo triunfante, o aquéllos  que inspiraran, a su turno, la revolución francesa y la rusa y a toda proeza emancipadora, de esas que se ponen en la Historia como grandes gestas e hitos civilizatorios.

La gran epistemóloga argentina Esther Díaz, (Ituzaingó, Provincia de Buenos Aires 1936) en el "Ñ" del 12 de julio, en su texto “La trampa humanista”, con brillo hace referencia precisamente al término "humanista" y lo descuera.

Nos advierte que 'humanismo' es sólo un término, uno de esos universales, que opera como tecnología de dominación que "...a fuerza de insistencia y buena prensa, ha terminado  por ser aceptado por revolucionarios y reaccionarios, por anarquistas y fundamentalistas, por progresistas y fascistas.".

Para atacar la Franja de Gaza, el Estado de Israel apela a la necesidad de la protección de sus gentes, puestos en peligro por los terroristas de Hamas y demás palestinos.  Se trata a todas luces de una invocación de la supremacía de lo humano, de la preservación de la integridad y la vida de un pueblo y su fe, de la protección y cuidado de lo judío. 

Allí está, entre la bruma del discurso y el negro humo de la guerra: El humanismo, el viejo y solapado humanismo, como justificación de cada disparo, como necesario ante cada muerte.

La Díaz, hace lo de Jantipa con el 'humanismo' pues arroja un balde con orines sobre su sacralidad. "¿Qué supone el humanismo?" (se interroga) que le permite a la "supremacía de lo humano" asolar toda otra existencia: personas con otra piel, otra fe, otras costumbres, mujeres y "hasta niños cuyos derechos son muy recientes"?

En su reflexión continúa y sin tregua: "Georg Lukács en un extremo y Adolf Hitler en el otro. Con las exorbitantes y obvias diferencias, ambos son humanistas. El segundo apostaba a destruir 'seres inferiores' para purificar la humanidad, el primero a que se realizara la revolución en beneficio de la humanidad.". Y remata: "Suele decirse que los torturadores son 'inhumanos', ¿de dónde salió eso? Únicamente el humano tortura o traiciona..."

En nombre de la humanidad (del pedazo de humanidad que tiene poder para ello) es que se hizo y se hace la guerra en países con petróleo o marfil o diamantes. En su nombre se encomendaron los indios para su cristianización, y a los negros se les hizo esclavos y a los pobres, siervos de la tierra.

En nombre de la preservación de la vida de los israelíes atacan la Franja de Gaza.

Los ataques son ejecutados por gente normal, por personas ordinarias, por soldados que solamente obedecen órdenes dadas en una máquina de exterminio: Túneles con armamento, mezquitas, casas de dirigentes de todos los signos, hospitales, escuelas, refugios ONU. <Deben abandonar este lugar> rezan los impresos lazados desde aire. Pero dónde huir?

La muerte y desolación que todo ello acarrea, expresan una maldad extrema. Tan extrema que sólo puede ser ejecutada por gente común y corriente, por un buen padre de familia o una buena ama de casa. Por magníficos sacrificables en las aras de su propia patria. (Vano sacrificio si se cree que en una guerra no hay victoriosos, sino y solamente: víctimas; cualquiera sea el lado en que te encuentres).

Maldad tan extrema, en este y en muchos otros casos, se funda en la prosecución de un gran destino común: nacional, étnico, divino.

El joven oficial de la FDI que teledirige un DRONE y lo deja caer con su carga mortal sobre…bueno sobre cualquiera que sea el objetivo…o que nos envía por la televisión su imagen sobre un tanque haciendo el signo de la victoria, ese joven oficial, en su cotidiano, es un buen hombre, además que sabe hacer con eficiencia y eficacia su trabajo en el campo de batalla. Se le esperará en casa cuando las acciones terminen, le recibirán como un ejemplo del deber cumplido, un salvador de la humanidad israelí que supo cumplir con sus obligaciones.

Ese es el sentido de la banalidad del mal. El que se dejara caer con particular saña sobre judíos, como también de gitanos, masones, comunistas y socialdemócratas en Alemania y fuere ejecutado por alemanes normales, dedicados con fruición a la tarea encomendada.

Hoy cae sobre los palestinos de Gaza, que son muertos, o, con suerte, desplazados, todo por gente común y corriente, por israelíes normales, que de tanto matar y destruir en nombre de sus necesidades, hacen del mal un acto banal.


Esta masacre ya es un asunto que nos atañe a todos. En ese sentido, lo peor para todos está por venir: por un lado, el Estado de Israel luchará fieramente para que los ejecutores de esta masacre queden impunes y por el otro, muchos, (especialmente muchos judíos que en estos días han alzado valerosamente su voz) tratarán que los ejecutores de las masacres asuman la responsabilidad de sus crímenes.

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(*) La frase de Goebbels la cita Hannah Arendt en "Eichmann en Jerusalén"

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