miércoles, 20 de marzo de 2013


1968

Guillermo Arenas Escudero



Uno de estos días un joven, probablemente un sobrino, quizá uno de mis hijos, con cierto desparpajo y desenfado me dijo, en tono conmiserativo: ¡Qué tanto los años sesenta!

Me quedé sin aire. Los sesenta son la mitad de mi vida emocional. Me temo que poco importará esta suerte de retruco a manera de respuesta, pero…aquí va:

Mil novecientos sesenta y ocho, fue la cresta de la ola en los agitados años sesenta del terrible siglo XX.

En enero, el Viet Minh y el FLN atacaron la base aérea de Khe Sanh y el Viet Cong la embajada de Estados Unidos en Saigón. La guerra del Viet Nam comenzaba el año con el inicio de la ofensiva del Tet (año nuevo vietnamita). El Pentágono se convencía que esa guerra no podrían ganarla. A Wall Street le importaba poco. La guerra duraría hasta 1975 cuando EE.UU abandona Viet Nam  bajo la ignominia de la huida, 50.000 norteamericanos habían muerto, pero 1968 fue el año en que se inició su derrota. .

En la Unión Soviética proliferaban los samizdats (auto publicaciones literarias clandestinas) de Siniavsky, Daniel y Solzhenitsin, entre muchos otros. Eran signos de una disidencia creciente. El tenue principio del fin. La jerarquía del partido, del ejército, la nomenclatura soviética y la pesada burocracia estatal carecían de talento para encontrar una respuesta, tanto como de sutilezas para resolver las crisis que surgían, en esos sesenteros años, al interior de la URSS y del bloque de los países socialistas, sólo les quedaba fuerza militar.

En agosto, el ejército soviético y las fuerzas del Pacto de Varsovia invadieron Checoslovaquia. Dubcek fue arrestado y enviado a Rusia donde firmó el “Protocolo de Moscú”. Leonid Brezhnev proclama la doctrina que se conoce con su nombre: “Cuando fuerzas hostiles al socialismo tratan de conducir a un país socialista hacia el capitalismo, el asunto no solamente es un problema de el país concerniente, pues pasa a ser un problema común que concierne a todos los países socialistas”.

Frente a tan gigante poder, Jan Palach, estudiante checo, se inmolaría, al año siguiente, quemándose a lo bonzo.

En abril, en Alemania se atentaba contra la vida del líder estudiantil, de inspiración socialista-luterana Rudi Dutschke, activista que desarrollara sus actividades tanto en la RDA como en la RFA. 

El mismo mes de abril, en Estados Unidos fue asesinado Martin Luther King. En junio mataron a Robert Kennedy. En octubre, en el DF mexicano, Tommy “Jet” Smith y John Carlos reciben sus medallas olímpicas y, al momento de iniciarse los sones del Star-Spangled Banner, levantaron sus puños significativos del Poder Negro.

Días antes de la inauguración de las Olimpiadas, el ejército mexicano, la policía y el grupo paramilitar “Batallón Olimpia” ejecutan la matanza en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco.

En Mayo, Paris es testigo de protestas de los estudiantes contra la “sociedad de consumo”. En junio había escalado hasta convertirse en la mayor revuelta estudiantil y la mayor huelga general de la historia del país. Se unieron a los estudiantes, nueve millones de trabajadores que paralizaron Francia. De Gaulle debió llamar a elecciones anticipadas y dimitir a la presidencia al año siguiente.

 En 1968, la Revolución Cultural alcanza su clímax y da cuenta de Liu Shaoqui. Los años ’60 se habían inaugurado con el  fracaso de las políticas de el “Gran Salto Adelante” y las hambrunas asolaron China provocando la muerte de millones de personas. Sin embargo, Mao recupera la plenitud del poder con el despliegue de la Gran Revolución Cultural Proletaria, constituida básicamente por millones de estudiantes organizados como “guardias rojos”. Ello se concreta en octubre de 1968 con la expulsión de Liu Shaoqui del Partido Comunista Chino.  Liu  muere en la cárcel en 1969, a la familia se le comunica el hecho en 1972 y el pueblo chino se entera en 1979.

Finalizaba el año 1968 con la elección, por estrecho margen, de Richard Nixon como Presidente de los Estados Unidos de América enarbolando su slogan “Ley y Orden” preparatorio de su famoso discurso, en 1969, autodenominado de las “Mayorías Silenciosas”.

En Chile, el movimiento estudiantil imponía sus términos. La Reforma Universitaria abarcaba a todas las casas de estudios superiores. En agosto, 8 de sacerdotes, 2 religiosas y 200 laicos, todos católicos del movimiento Iglesia Joven, se toman la Catedral Metropolitana y despliegan carteles con la figura de Camilo Torres. Como preludio, en 1967, en el frontis de la Pontificia Universidad Católica de Chile, los estudiantes habían desafiado al poder establecido: "Chileno: el Mercurio Miente", rezaba el lienzo. En 1969 surge la Unidad Popular.

En Perú y Panamá se dan sendos golpes de estado y en Brasil, Artur da Costa e Silva, decreta la quinta acta institucional comenzando así los peores años de la dictadura militar. Estados Unidos aseguraba así su “patio trasero”.

Estábamos en medio del océano, a mitad de camino. Nadie podía ni quería volver. Llegábamos a la otra orilla o nada. La Guerra Fría, en todo su esplendor mataba, manipulaba, voceaba su propaganda y esperaba contar con nuestra adscripción incondicional, de contrario, éramos el enemigo. Fuimos militantes activos. No conozco de nadie que se haya arrepentido de serlo, en ninguna de las dos facciones.

Otros fueron hippies, que para un bando expresaban la decadencia del capitalismo y del imperialismo yanqui y para el otro la capacidad comunista de infiltrar quintacolumnistas en las "sociedades democráticas". No había espacios para nada que no fuere Estados Unidos o la Unión Soviética y sus respectivos sucedáneos, franquicias, adláteres o yanaconas.

La URSS y los socialismos reales versus Estados Unidos y los capitalismos reales, esa era la cuestión. En el medio nadie tenía aire ni espacio. Movimientos autónomos que aspiraban a una sociedad más libre e igualitaria, y los hubo por miles, no tenían cabida. Ni Estados Unidos ni la Unión Soviética estaban dispuestos a tolerarlo. Fuera de la esfera de sus influencias: la nada.

Hoy sobreviven sólo los capitalismos reales. Como sabemos los socialismos reales cayeron con estrépito, pero sin mucha bulla. Ni siquiera la algarabía de sus enemigos opacaron el estupor generalizado de la debacle.

¡¡Qué tanto los años sesenta!!, me espetó joven?

¡¡Y…le parece poco?? 

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