AD MAJOREM DEI GLORIAM
(Guillermo Arenas Escudero, abogado.)
Con Jorge Mario Bergoglio, ungido Papa, ingresan al Vaticano decenas de miles de historias latinoamericanas y de jesuitas. Ingresan todas. Es insoslayable. LLegan las que serán invitadas por la curia y las que se colarán por los intersticios de la basílica papal de San Pedro. Todas ellas adornarán para bien y para mal al pontificado de Francisco. Muchas de ellas deberán ser explicadas. En especial las vinculadas a la violencia, no porque ella sea desconocida en la historia romana pre y post cristiana, sino porque son de nuevo tipo. Las que ingresa el Papa Francisco, en su aparente ligero equipaje, constituirán una verdadera mochila. Pesada, adusta, de impronta trágica.
Muchas de esas historias, lejanas unas, recientes muchas, además son bellas. Las hay heroicas inclusive. Con el Papa Francisco ingresan los jesuitas de la Misiones guaraníes, su expulsión y reemplazo por franciscanos, dominicos y mercedarios. Desde ese tiempo hasta hoy, los más pobres y expoliados, los más abusados, los que más han sufrido por sus pérdidas materiales y culturales, por el secuestro de sus espíritus y la violación de sus cuerpos, son los pueblos originarios de nuestra América Latina. Ellos antes que nadie esperan su palabra.
Ingresarán en gloria y majestad Rutilio Grande García S.J., los obispos Óscar Romero y Juan José Gerardi, mártires como muchos otros sacerdotes centroamericanos, que dejaron una larga estela de decencia, arrojo y amor al otro, dibujada con su propia sangre.
Por alguna puerta entornada entrarán también la Vicaría de la Solidaridad chilena y la figura enorme de Raúl Silva Henríquez.
También entrarán al Vaticano, pidiendo su lugar, historias tristes, vergonzantes inclusive. Todos esperan que en el nuevo pontificado no se escuche decir: "Es que acaso soy el guardián de mi hermano?" Ingresarán los encomenderos y los encomendados, querrá exhibirse la maloca, el depósito de indios, la servidumbre, los esclavos, la cruz impuesta al amparo de las armas de la Conquista, los capellanes de todas nuestras dictaduras, el apoyo oblicuo, cuando no desembozado de demasiados Obispos a demasiados hacendados o gobernadores y gobernantes que ejercieron su poder proclamando la necesidad de paz y orden.
El Papa Francisco saluda en Roma teniendo en uno de sus lados al noble dominico defensor de los indios Bartolomé de las Casas, y en el otro, al también dominico, obispo de Quito, Pedro de la Peña inquisidor inmisericorde. Ambos tendrán simbólicamente un lugar asegurado cada vez que Francisco oficie una misa bajo el baldaquín de bronce. No podrá esquivarlos. Ni siquiera podrá intentarlo. Hasta el Papa tiene limitaciones y para Francisco las naturales contradicciones de la iglesia católica en estos últimos rincones de mundo, no son desechables. El primer Papa latinoamericano lleva en sus pies perfumes de nardo puro, tanto como "las suciedades" y guarrerías acumuladas en 500 años.
Por una extraña dialéctica del destino la vieja y exhausta Teología de la Liberación y la multitud de movimientos y agrupaciones que ella generara a interior de la Iglesia sud y centro americana, aún cuando las repugne y las combata con fruición, ingresarán al Vaticano pegadas a sus argentinas sandalias.
Lo que vendrá desde el Vaticano, valga la redundancia, se puede vaticinar. Nada estará entregado al azar. El Papa Francisco, de seguro, tiene su plan. Pondrá contra el suelo, como lo hicieron los maestros en tiempos de Salomón, los planos del templo que desea construir y dará las instrucciones para la ejecución de las distintas tareas.
Para los temas del sexo, que tironea a la clerecía entre el esquizo y la paranoia, lo del celibato seguirá su curso, como lo dejara amarrado Benedicto XVI tanto como la batida a la pederastia indicada en su Carta a los Irlandeses, la que sobrevivirá señera por siglos. Se vislumbra que no están lejos los días de sacerdotes con mujer e hijos.
Las opciones sexuales distintas a la hétero, sufrirán castigo severos y deberán asumir que la confrontación será a nivel de la descalificación rotunda. Será una guerra que Francisco terminará perdiendo, como en Argentina, pero que dará con ímpetus dignos de una mejor causa.
Por último (siempre se las ha dejado para el último) las mujeres, especialmente las consagradas, bien poco pueden esperar de un Francisco que coquetea con la misoginia.
Para ellas, y para todo, corrupción del dinero incluida, la impronta jesuita puede llegar a jugar un rol importante: todo lo que se dice que ocurrirá de una manera...puede que termine acaeciendo de otra…AD MAJOREM DEI GLORIA.
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