jueves, 30 de julio de 2020

Los viejos no sirven


Guillermo Arenas Escudero


 

    En tiempos de pandemia abundan los oráculos. Lo insensato puede llegar a estimarse plausible, aconsejable, genial, más aún, puede ser publicado en un diario vetusto y elocuente, protector del comercio, de viajeros y ladrones.

    Desde las 22:00 horas del 15 de mayo, se dispuso cuarentena para los mayores de 75 años. La idea se había planteado un mes antes.   

    “El principio de cuarentena estricta no debería aplicarse por comunas o ciudades, sino exclusivamente al grupo de riesgo (mayores de 70) y nótese que muchos de ellos son pensionados.” “Este grupo debería permanecer 100% aislado, probablemente por uno o dos meses. No será fácil ni agradable, pero factible y esencial.”.

    El autor de la extravagancia, el señor, don Juan Claro M. (Mimica?) tuvo la ternura de prevenirnos sobre su falta de erudición: “Sin ser especialista daré una opinión basada en el sentido común”. (El Mercurio de 15 de abril, página 2, “¿Una idea posible?”).

    Agrega, con exultante candidez: “El Estado debería instruir a los familiares sanos sobre la forma de mantenerlos 100% aislados y alimentarlos y proveerlos de sus medicamentos, con las más estrictas medidas anticontagios.”.

    El propósito de don Claro es inequívoco, claro como agua de manantial: los que estén fuera del grupo de riesgo (mayores de dieciocho y menores de setenta) podrán  otorgar y entregar su inestimable aporte al buen funcionamiento de la sociedad y la producción de bienes y de servicios.

    Ello tendrá costos, inclusive podría generar muertes, qué duda cabe, nada es gratis ni fácil en la vida. Pero el señor Juan, en su pregón, se adelanta y  morigera la eventualidad: “Es importante entender que existirían jóvenes que podrían fallecer, pero serían los mismos a quienes les sucedería esto con la actual estrategia…”.

    El programa de don Claro M. carece de precedente o preexistencia en nuestro país, ni siquiera en la ficción. En ese sentido habrá que reconocerle originalidad, lo que no es poco ni abundante.

    Buceando en la ficción literaria encontramos, allende Los Andes, una novela que, con bondad, podría estimarse corre en auxilio de “¿Una idea posible?”.

    Que me perdone el abuso, desde su tumba, el grandísimo patricio argentino y enorme escritor Adolfo Bioy Casares quién, en su “Diario de la guerra del cerdo”, relata una calculada persecución en contra de viejos, por el solo hecho de ser viejos, inútiles e improductivos, todo en el elegantísimo barrio de Palermo de Buenos Aires.

    Bioy Caseres, ambienta su novela en 1943, época en la que irrumpen, golpe de estado mediante, los militares del GOU (Grupo de Oficiales Unidos) de la denominada Revolución del 43. Ejercían la Presidencia de la Nación los generales Pedro Pablo Ramírez y Edelmiro Julián Ferrell y asomaba el coronel Juan Domingo Perón quien gana las elecciones presidenciales tres años después. “Diario de la guerra del cerdo” se publicó cuando, un famoso militar golpista con el que se inauguró el mote de “gorilas” el teniente general Juan Carlos Onganía, ocupaba de facto la presidencia argentina.    

    “Como la curiosidad es más fuerte que el miedo, los amigos avanzaron unos metros. Oyeron, primero en conjunto y luego distintamente, injurias, golpes, ayes, ruidos de hierros y chapas, el jadeo de una respiración. De la penumbra surgían a la claridad blancuzca, saltarines y ululantes muchachones  armados de palos y hierros, que descargaban un castigo frenético sobre un bulto yacente en medio de los tacho y montones de basura. Vidal entrevió caras furiosas, notablemente jóvenes, como enajenados por el alcohol de la arrogancia. Arévalo dijo por lo bajo: /  -El bulto ese es el diarero don  Manuel.  /  Vidal pudo ver que el pobre viejo estaba de rodillas, el tronco inclinado hacia adelante, protegía con las manos ensangrentadas la destrozada cabeza…”.

    Cierto que nuestro Claro pudiere parecer como un niño de pecho al lado del relato de Adolfo Bioy Casares, pero a nadie se le escapa que lo del argentino es una ficción literaria y lo de Juan Claro M. un programa de política sanitaria para “cuarentenar” viejos y así poner en circulación a los jóvenes, liberando su fuerza de trabajo.

    En algún momento de su relato Bioy Caseres, explicita, muy al paso, que la pulsión homicida de los jóvenes del barrio de Palermo contra los viejos se explica por el miedo que significa llegar a una edad avanzada:  

    “En esta guerra los chicos matan por odio contra el viejo que van a ser “…a través de esta guerra entendieron de una manera íntima, dolorosa, que todo viejo es el futuro de algún joven. ¡De ellos mismos, tal vez!”.

    No sería justo pedirle a nuestro Juan Claro la agudeza y la llaneza del argentino para instalar el implícito freudiano que, llegado un momento, los jóvenes deben, si pueden, desplazar a los viejos, así sea que haya que perseguirlos o matarlos, como ocurre en la novela.

    A su turno, Claro, sin ambages, proclama lisa y llanamente la necesidad del encierro de los viejos. Sin embargo su acervo chileno, esa cualidad patria tan acentuada, le impone que la encerrona sea institucionalmente establecida y, como siempre se ha exigido, se proclame que no se trata de un abuso ni discriminación, sino de una situación indeseada que obliga a ese proceder para el beneficio de los propios viejos.

    Con todo, no hay que soslayar que mientras el argentino, pudiente de  cuna y conservador, escribe su novela cuando tenía 55 años, nuestro compatriota, también conservador y pudiente (no sé si de cuna) tiene la audacia, a sus 72 años, de proponer, para los chilenos,  una especie de Gueto de Theresienstadt (un campo de concentración de las SS nazi en el Protectorado de Bohemia y Moravia, usado con fines propagandísticos, como asentamiento de judíos ancianos).

    A los viejos hay que sacarlos del camino. Estorban. En los momentos difíciles son el obstáculo principal. Es irrelevante que la vejez los haga productivamente inútiles. Lo que está en el corazón de todo es la condición de lastre de los ancianos lo que acarrea un “…alto costo económico por una caída generalizada de la producción y la ventas, lo que acarrea cesaciones de pago, quiebras y desempleo.”, sentencia Claro.

    Tampoco sería justo pedirle a la novela de Bioy Casares, el magnífico y sorprendente cierre que Juan  Claro M., estampa al final de su octavilla, pues se trata de una contingencia sobreviniente producida en este lado de la cordillera: “…esto se ve agravado por el vandalismo desatado desde el 18 de octubre...”.

    También se trata de aquello. Del 18 de octubre de 2019. De la mayor crisis social de la historia chilena. Ello quizá explique la generosidad de centímetros que El Mercurio prodiga al señor Juan.

    Se trata tanto del Big Bang como de la Pandemia. De sacar a la gente de la plaza y de la calle y de recluir a los viejos en sus dormitorios como si fueren idiotas en el sentido griego clásico del término.

    Capicúa.

    Al final y en resumidas cuentas, ¿“Una idea posible?, no es más que una vulgaridad, una idiotez, qué duda cabe.

 

Valparaíso, junio de 2020.-


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