jueves, 30 de julio de 2020

Cuarentena en La Toscana,

(Leyda o Limarí)

 

 GUILLERMO ARENAS ESCUDERO

 

 

En los albores del Renacimiento, antes que Rafael Sanzio, Miguel Ángel y Leonardo da Vinci, los adelantados fueron Dante Aligheri, Francesco Petrarca y Giovanni Boccaccio.

Corría 1347 cuando se dejó caer la pandemia de la Peste Bubónica finalmente nombrada como la Peste Negra. Los cálculos más prudentes hablan de 25 millones de muertos sólo en Europa, un tercio de su población, a los que hay que agregar entre 40 a 60 millones el Asia y África..

Tal como la actual pandemia del Corona-Virus, el bacilo de la Peste Negra fue diseminado por los mercaderes en las rutas del comercio. (Negocios son negocios)

La historia antigua habla de los primeros brotes entre los mongoles en Caffa y la actual entre los chinos de Wuhan. Ayer, no se sabía de la existencia de los bacilos ni que las pulgas de las ratas y otros animales los transportaban, hoy se debate, con calor, si el virus mutó en un murciélago o en un pangolín.

Cuando la Peste llega a Florencia, Boccaccio escribe el Decamerón. Tenía  35 años. Como se sabe, son 100 más una historias de amor, astucia, erotismo, inteligencia, burlas y veleidades de la carne, contadas en diez días por siete mujeres jóvenes (de 18 a 28 años) y tres muchachos invitados a refugiarse en una villa, mientras la peste asolaba Florencia.

“Contra ella fracasaron todos los esfuerzos de la previsión humana; ni los oficiales encargados de sanear la ciudad, ni la prohibición de que se permitiera la entrada de ningún apestado, ni las más prudentes precauciones, así como tampoco las más humildes plegarias dirigidas todos los días a Dios por las personas piadosas…”

¡Cuántos valerosos hombres, cuántas hermosas mujeres, cuántos jóvenes  …sanísimos, desayunaron con sus parientes, compañeros y amigos, y llegada la tarde cenaron con sus antepasados en el otro mundo!”.

Vaya manera de iniciar tan sabrosos relatos prosaicos, escritos en el vernáculo dialecto florentino.

Juan Villoro nos ayuda: “En una época de cuerpos enfermos, Boccaccio exalta el organismo. No le importa que una boca estornude; le importa que bese.” … “Los personajes forman parte de una sociedad hipócrita: para ser sincero hay que hacer trampa. Una moral pudibunda obliga a que los amantes sean habilidosos transgresores.”.

La Peste Negra se mostraba como la Ira de Dios, mataba a la gente al tercer día de contaminados, las iglesias no daban abasto con los cadáveres de los más pudientes y el resto era arrojados a una fosa común, los nobles se quejaban de falta de servidumbre y sus palacios quedaban vacíos, se culpaba y maldecía a los judíos y otras minorías étnicas.

Algunos, por mera casualidad, sin saber que aquello les salvaría, quemaban la ropa de los fallecidos y se aislaban por  quaranta giorni”.

El Papa Clemente VI, de alguna manera salvó rodeado de fuego por prescripción médica en Avignon.

 Por estos días, en estas tierras y mares de fin de mundo, cuando se nos propone un encierro para viejos a cargo de nuestras familias, el resplandor de la villa campestre en la que los adolescentes florentinos del Decamerón esquivaron las pestilencias de la Bubónica, resulta una opción inmejorable.

Total, si el riesgo de muerte es lo que se negocia, pues es la guadaña lo que trae consigo una pandemia sin vacuna (sin perjuicio de deseos más píos) la opción de una villa, si no en las suaves colinas de La Toscana, al menos en las templadas serranías de los valles de Limarí, Casablanca, Leyda, o Paredones resulta completamente aceptable, sobre todo cuando por esos parajes se tienen al alcance de la mano  los inmejorables morapios de los agraciados viñedos que mecen las frescas brisas del Océano Pacífico.

Si así fueran las cosas y la Parca Morta, a pesar de las precauciones, resuelve cortar, a un viejo, el hilo de la vida, qué diantres! habrá que mirarla a la cara con toda dignidad, aceptar el designio y agradecer que por un instante, fuimos vida.

Los viejos pueden comportarse como los jóvenes, si lo desean, especialmente cuando están en trance de muerte.

Por mi parte, viejo pero no idiota, elegiría Casablanca, amén de su blancos, por su cocina de mar y tierra.

Buen provecho y salud !!

 

VALPARAÍSO, julio de 2020.-


Los viejos no sirven


Guillermo Arenas Escudero


 

    En tiempos de pandemia abundan los oráculos. Lo insensato puede llegar a estimarse plausible, aconsejable, genial, más aún, puede ser publicado en un diario vetusto y elocuente, protector del comercio, de viajeros y ladrones.

    Desde las 22:00 horas del 15 de mayo, se dispuso cuarentena para los mayores de 75 años. La idea se había planteado un mes antes.   

    “El principio de cuarentena estricta no debería aplicarse por comunas o ciudades, sino exclusivamente al grupo de riesgo (mayores de 70) y nótese que muchos de ellos son pensionados.” “Este grupo debería permanecer 100% aislado, probablemente por uno o dos meses. No será fácil ni agradable, pero factible y esencial.”.

    El autor de la extravagancia, el señor, don Juan Claro M. (Mimica?) tuvo la ternura de prevenirnos sobre su falta de erudición: “Sin ser especialista daré una opinión basada en el sentido común”. (El Mercurio de 15 de abril, página 2, “¿Una idea posible?”).

    Agrega, con exultante candidez: “El Estado debería instruir a los familiares sanos sobre la forma de mantenerlos 100% aislados y alimentarlos y proveerlos de sus medicamentos, con las más estrictas medidas anticontagios.”.

    El propósito de don Claro es inequívoco, claro como agua de manantial: los que estén fuera del grupo de riesgo (mayores de dieciocho y menores de setenta) podrán  otorgar y entregar su inestimable aporte al buen funcionamiento de la sociedad y la producción de bienes y de servicios.

    Ello tendrá costos, inclusive podría generar muertes, qué duda cabe, nada es gratis ni fácil en la vida. Pero el señor Juan, en su pregón, se adelanta y  morigera la eventualidad: “Es importante entender que existirían jóvenes que podrían fallecer, pero serían los mismos a quienes les sucedería esto con la actual estrategia…”.

    El programa de don Claro M. carece de precedente o preexistencia en nuestro país, ni siquiera en la ficción. En ese sentido habrá que reconocerle originalidad, lo que no es poco ni abundante.

    Buceando en la ficción literaria encontramos, allende Los Andes, una novela que, con bondad, podría estimarse corre en auxilio de “¿Una idea posible?”.

    Que me perdone el abuso, desde su tumba, el grandísimo patricio argentino y enorme escritor Adolfo Bioy Casares quién, en su “Diario de la guerra del cerdo”, relata una calculada persecución en contra de viejos, por el solo hecho de ser viejos, inútiles e improductivos, todo en el elegantísimo barrio de Palermo de Buenos Aires.

    Bioy Caseres, ambienta su novela en 1943, época en la que irrumpen, golpe de estado mediante, los militares del GOU (Grupo de Oficiales Unidos) de la denominada Revolución del 43. Ejercían la Presidencia de la Nación los generales Pedro Pablo Ramírez y Edelmiro Julián Ferrell y asomaba el coronel Juan Domingo Perón quien gana las elecciones presidenciales tres años después. “Diario de la guerra del cerdo” se publicó cuando, un famoso militar golpista con el que se inauguró el mote de “gorilas” el teniente general Juan Carlos Onganía, ocupaba de facto la presidencia argentina.    

    “Como la curiosidad es más fuerte que el miedo, los amigos avanzaron unos metros. Oyeron, primero en conjunto y luego distintamente, injurias, golpes, ayes, ruidos de hierros y chapas, el jadeo de una respiración. De la penumbra surgían a la claridad blancuzca, saltarines y ululantes muchachones  armados de palos y hierros, que descargaban un castigo frenético sobre un bulto yacente en medio de los tacho y montones de basura. Vidal entrevió caras furiosas, notablemente jóvenes, como enajenados por el alcohol de la arrogancia. Arévalo dijo por lo bajo: /  -El bulto ese es el diarero don  Manuel.  /  Vidal pudo ver que el pobre viejo estaba de rodillas, el tronco inclinado hacia adelante, protegía con las manos ensangrentadas la destrozada cabeza…”.

    Cierto que nuestro Claro pudiere parecer como un niño de pecho al lado del relato de Adolfo Bioy Casares, pero a nadie se le escapa que lo del argentino es una ficción literaria y lo de Juan Claro M. un programa de política sanitaria para “cuarentenar” viejos y así poner en circulación a los jóvenes, liberando su fuerza de trabajo.

    En algún momento de su relato Bioy Caseres, explicita, muy al paso, que la pulsión homicida de los jóvenes del barrio de Palermo contra los viejos se explica por el miedo que significa llegar a una edad avanzada:  

    “En esta guerra los chicos matan por odio contra el viejo que van a ser “…a través de esta guerra entendieron de una manera íntima, dolorosa, que todo viejo es el futuro de algún joven. ¡De ellos mismos, tal vez!”.

    No sería justo pedirle a nuestro Juan Claro la agudeza y la llaneza del argentino para instalar el implícito freudiano que, llegado un momento, los jóvenes deben, si pueden, desplazar a los viejos, así sea que haya que perseguirlos o matarlos, como ocurre en la novela.

    A su turno, Claro, sin ambages, proclama lisa y llanamente la necesidad del encierro de los viejos. Sin embargo su acervo chileno, esa cualidad patria tan acentuada, le impone que la encerrona sea institucionalmente establecida y, como siempre se ha exigido, se proclame que no se trata de un abuso ni discriminación, sino de una situación indeseada que obliga a ese proceder para el beneficio de los propios viejos.

    Con todo, no hay que soslayar que mientras el argentino, pudiente de  cuna y conservador, escribe su novela cuando tenía 55 años, nuestro compatriota, también conservador y pudiente (no sé si de cuna) tiene la audacia, a sus 72 años, de proponer, para los chilenos,  una especie de Gueto de Theresienstadt (un campo de concentración de las SS nazi en el Protectorado de Bohemia y Moravia, usado con fines propagandísticos, como asentamiento de judíos ancianos).

    A los viejos hay que sacarlos del camino. Estorban. En los momentos difíciles son el obstáculo principal. Es irrelevante que la vejez los haga productivamente inútiles. Lo que está en el corazón de todo es la condición de lastre de los ancianos lo que acarrea un “…alto costo económico por una caída generalizada de la producción y la ventas, lo que acarrea cesaciones de pago, quiebras y desempleo.”, sentencia Claro.

    Tampoco sería justo pedirle a la novela de Bioy Casares, el magnífico y sorprendente cierre que Juan  Claro M., estampa al final de su octavilla, pues se trata de una contingencia sobreviniente producida en este lado de la cordillera: “…esto se ve agravado por el vandalismo desatado desde el 18 de octubre...”.

    También se trata de aquello. Del 18 de octubre de 2019. De la mayor crisis social de la historia chilena. Ello quizá explique la generosidad de centímetros que El Mercurio prodiga al señor Juan.

    Se trata tanto del Big Bang como de la Pandemia. De sacar a la gente de la plaza y de la calle y de recluir a los viejos en sus dormitorios como si fueren idiotas en el sentido griego clásico del término.

    Capicúa.

    Al final y en resumidas cuentas, ¿“Una idea posible?, no es más que una vulgaridad, una idiotez, qué duda cabe.

 

Valparaíso, junio de 2020.-


LÁNCENSE A LOS CAMINOS

 

Alejandro Do Porto

 

 

    Un reconocimiento absoluto sin sombras ni regateos, dejó en evidencia que la monumentalidad de la obra de Roberto Bolaño puso fin el largo y prolífico período del realismo mágico de la literatura latino-americana y permitió la emergencia de una nueva generación de escritores que encabeza, no obstante su muerte.

    Babelia, la revista cultural de El País de España, da cuenta de los mejores 21 libros del Siglo XXI, en opinión de 84 expertos. En el primer lugar ubicaron a “2666”, la novela póstuma de Roberto Bolaño, publicada en 2004, un año después de su muerte.

    Para que no cupiere dudas del nuevo rumbo y vertiginoso ritmo impuesto por Bolaño a la literatura de nuestra lengua, en la Babelia se dice: “Desde Borges -retratado minuciosamente  por Adolfo Bioy Casares en un diario ya ineludible- ningún escritor ha influido tanto como Roberto Bolaño en las nuevas generaciones.”.

    Lo había adelantado Enrique Vila-Matas: ““Los Detectives Salvajes” -vista así- sería una grieta que abre brechas por las que habrán de circular nuevas corrientes literarias del próximo milenio.” Abundan explícitos reconocimientos como éste de Jorge Luis Volpi, Juan Villoro, A.G. Porta, Rodrigo Fresán y ni decir de Javier Cercas o, más allá de la literatura, de Patti Smith que dijera “2666 es la primera obra maestra del siglo XXI”.

    Una impronta de muerte y violencia marca el tiempo vital de Bolaño y como todo escritor con rasgos de genialidad crea su corpus literario de verso y prosa, con las vísceras de la realidad  que le toca vivir. Entre 1967, momento que resuelve abandonar la educación media formal para ser escritor y su muerte en 2003, corrieron tiempos de fuerzas huracanadas, de energías tectónicas desatadas a nivel social y político. El proclamado realvisceralismo en Detectives Salvajes, nunca fue de oropel, menos un recurso literario.

    Bolaño vive la latinoamérica profunda del Chile de los años 60 del México de los 70  (en 1972 se declara revolucionario[i]) y la España post franquista de los 80 y 90. En fin, en su madurez literaria vivió la época en la que irrumpió y se consolidó, sin contrapesos, una nueva era de precariedad, de miedos y de espantos. Fagocitándolo todo el neoliberalismo nacía hacia 1971-74 y colapsaba en 2008. Globalización mediante, el declive de los grandes relatos, la muerte de Dios, el fin del confort de las vanguardias, dominaban la escena. Bilao se inició con la generación sesentera que lo quiso todo y su madurez la vivió en medio de las generaciones que junto con quererlo todo, lo quieren ya, ahora.

Así, en ese escenario, los icónicos y míticos  poblados imaginarios del realismo  mágico desfallecieron: “Comala” de Juan Rulfo, “Santa María” de Onetti y las maravillosas desmesuras del “Macondo”, del enorme García Márquez se quedaban, con honores por cierto, en el siglo veinte, acompañando los fantásticos “Cuentos de Amor de Locura y Muerte” de Horacio Quiroga.

    La vieja hacienda cobijó al realismo mágico. El darwinismo urbano (vaya urbe en la que Bolaño vive su juventud) pare al infrarrealismo. 

    Bolaño era consciente del dramatismo y radicalidad de la era que le tocó y la enfrentó sin ambages  con su propio drama de vida que se extinguía, con intermitencias, sin piedad.

    Cuando se había hecho un lugar común creer que se podía terminar el mundo pero no el capitalismo, en su versión más salvaje, produciendo millones de seres de desecho, Bolaño escribió sus obras y se las dedicó con desprecio, arrogancia irreductible, desafiante.

    Mujeres, migrantes, excombatientes, restos náufragos de sociedades desechas o sencillamente extinguidas, negro, comunista, periodista deportivo, espaldas mojadas, traficantes y policías, niños, adolescentes, trabajadores de maquila, profesores diletantes, homosexuales, putas, escritores nazis, académicos burócratas, estrategas de sobrevivencias, boxeadores, narcos, mendigos, en fin, todo lo inhumano imaginable en caos, que nacía y moría vertiginosamente a su alrededor, se constituyó en el núcleo central de su obra.

    El mundo subjetivo de sus personajes carecen de interés para Bolaño. Más bien sus personajes son sujetos sociales, los que en sus interrelaciones, dan vida a sus obras y la dotan de singularidad.    

     En “La parte de los crímenes” del descollante “2666”, Bolaño se despliega con la fuerza y la feroz resolución proclamada en su manifiesto infrarrealista: “…al día siguiente uno de los ayudantes del forense le realizó la autopsia. Había sido estrangulada. Había sido violada. Por ambos conductos, anotó el ayudante del forense. Y estaba embarazada de cinco meses.”. Allí se toman de la mano su estética cruda, su ética irreductible y su política infranqueable. Lo mismo corre en el pulcro, breve y sórdido relato de la prostitución de Bianca para sobrevivir con su hermano, en un país con estado de bienestar en el cual lo peor es inmigrar.

    Las mujeres en el realismo mágico ocupan su lugar de sumisión implícita, o explícita, con sus obligaciones de hembra que ha de llegar virgen al matrimonio bajo apercibimiento del repudio narrado genialmente en “Crónica de una muerte anunciada” de Gabriel García Márquez.

    La irrupción de Bolaño importa una nueva narrativa sobre la mujer. Mujer entendida como el sujeto social más relevante que emergía, en esta nueva era, execrando y excretando todo machismo y normalización patriarcal.

    En el norte mexicano arrasado social y humanamente por la industria de maquila llegada del país del más al norte, la mujer no solamente es trabajadora en un régimen salvaje de producción y salarios, sino también objeto de degradación, sino depredación que describe con una crudeza que no se pretende mitigar ni atemperar, pues de eso se trata el infrarrealismo.

    La obra de Bolaño ha de leerse no sólo en su radicalidad estética y ética (que tanto incomoda a los lectores anclados en el S.XX) sino también, necesariamente, en su radicalidad política. Eduardo Tarifeño y Horacio castellanos, en El Clarín de Buenos Aires, dan luces sobre este asunto. “A Eliseo Álvarez le confesó que se hizo trotskista porque no le gustaba `la unanimidad sacerdotal, clerical, de los comunistas`…`cuando estuve  entre trotskistas, tampoco me gustaba la unanimidad clerical trotskista, y terminé siendo anarquista`…`Ya en España encontré muchos anarquistas y empecé a dejar de ser anarquista.`[ii]. 

    Cuidado, Roberto Bolaño no era un dilettante en la política, como en todo, era un detective. (“Me hubiera gustado ser detective de homicidios, mucho más que escritor”, dijo en una entrevista poco antes de su muerte y creo que no bromeaba)

    Entre el primer viaje de Roberto Bolaño a Chile, en los últimos meses del gobierno del Presidente Salvador Allende (1973) y el Bolaño personaje de la novela de Javier Cercas en “Soldado de Salamina” (2001) está el punto de inicio y de llegada del cuerpo de sus ideas políticas. Cercas pone en boca de Bolaño: “Mira, te voy a decir la verdad. Durante años me cagué cada vez que pude en Allende, pensaba que la culpa de todo era suya, por no entregarnos las armas. Ahora me cago en mí por haber dicho eso de Allende. Joder, el cabrón pensaba en nosotros como si fuéramos sus hijos, ¿entiendes? No quería que nos mataran. Y si llega a entregarnos las armas hubiéramos muerto como chinches. En fin –concluyó, tomando otra vez la taza-, supongo que Allende fue un héroe.”[iii]

    Así, Bolaño no pretende pasar por un inocente de fines del S.XX. y  desciende al infra-mundo donde habitan los humanos que sufren y son acosados, que desde sus prisiones buscan una salida, y en el empeño salvan o mueren, no hay término medio. Deja atrás la desmesura americana y sus historias de violencia  romántica morigeradas por las esperanzas que se cumplirán con la llegada de mariposas amarillas. Así, su inconmovible crítica la deja caer sobre los escritores y los intelectuales y los políticos que no viven a la intemperie, lejos del amparo de la nomenclatura o del establishment.

    Tan pronto volvió de su primer viaje a Chile, en el DF mexicano lanza, con su amigo Mario Santiago, el Manifiesto infrarrealista:

“-- Que la amnesia nunca nos bese la boca. Que nunca nos bese.

--Soñamos con utopía y despertamos gritando.

OK

DÉJENLO TODO, NUEVAMENTE

LÁNCENSE A LOS CAMINOS” [iv]

 

 

Valparaíso, mayo, 2020



[i] Diario La Vanguardia, Barcelona, 23 de septiembre de 2002. En Bolaño “Por sí mismo”.  Pág. 88. Ediciones UDP. Selección y edición Andrés Braithwaite.

[iii] Soldados de Salamina” Javier Cercas. Bs. Aires. Tusquets Editores. 2010, págs. 145-146.

[iv]Déjenlo todo nuevamente: primer manifiesto del movimiento infrarrealista”. “A la Intemperie”. 2019. Pág. 358-366.

 

Libros de referencia:

Bolaño y México. En Sabiduría sin promesas. Christopher Domínguez Michael. Ediciones UDP.2009.

Roberto Bolaño La Experiencia del Abismo. Fernando Moreno (Coordinador). Ediciones Lastarria.2011.

A la Intemperie.  Alfaguara. 2019.

Roberto bolaño. Un universo en expansión. Chris Andrews. Ediciones UDP. 2018.

El Hijo de Míster Playa. Mónica Maristain.  Alquimia Ediciones. 2017.