martes, 6 de mayo de 2014



"...la fragilidad de la pobreza…"




Guillermo Arenas Escudero


Abril.

Qué mes, este abril que se fue.

Aún no dejaba de temblar en el Norte Grande, poco antes del gran incendio de Valparaíso, cuando el joven abogado Gonzalo Bulnes, con voz calma dictó una severa sentencia que ha dejado, sin más, al descubierto, la peor de nuestras patrias miserias:

"...la fragilidad de la pobreza…”

Como sabemos, en las cercanías de Curanipe, Martín, hijo de Carlos, un adinerado estanciero de la Patagonia y dirigente político de fuste, ingresado al Senado de la República por una de sus puertas laterales, arrolló con su vehículo a Hernán Canales un lugareño del sector, causándole la muerte. Es decir, lo mató.

También sabemos que los hechos ocurrieron en medio de las fiestas del 18 de septiembre pasado, días en los cuales, asegura Martín, no había bebido y, en consecuencia, no estaba bajo la influencia del alcohol en aquellas celebraciones de la independencia nacional. Hay que hacer un esfuerzo considerable si se le quiere creer, no? 

Luego las cosas transcurrieron con la normalidad que transcurren las cosas en Chile, cuando el hijo de un hacendado abandona moribundo en el camino a un peón, o mediero o a un roto cualquiera: -) la autopsia fue falsificada; -) Los testigos-amigos del hijo del estanciero mintieron con singular torpeza y descaro; -) el Ministerio Público formalizó por el delito de penas más benignas, respecto de otro con sanciones más severas; -) Una nube de periodistas y abogados rodeó el caso hasta que se hizo ininteligible, brumoso y dudosas las responsabilidades; -) los Jueces, como en todos los casos, yermos de atribuciones, en sus tristes papeles tenísticos de jueces de silla en que los pusiere la reforma procesal penal, se miraron sin poder hacer mucho.

Con todo, el juicio se venía incierto, el abogado de la familia de la víctima, Gonzalo Bulnes, pedía 7 años de prisión, lo que implicaba que Martín, de ser condenado, tendría que cumplirlos efectivamente, es decir, en una penitenciaría. El fiscal, en representación de la sociedad chilena, ya se dijo, pedía una pena menor, (4 años) que dejaría (dejará) a Martín en un régimen de libertad vigilada o remitida a una firma mensual por cierto tiempo.

Así estaba el asunto cuando la viuda del occiso, acuciada por parientes e interpósitas personas, recibió la oferta de $10.000.000 para que retirare la querella. Como suele ocurrir en este tipo de tratos, turbios y calígines, no se sabe, si fue la viuda la que directamente acordó la cifra o algún agente oficioso. Lo cierto es que la viuda se desistió de la querella. También que el acuerdo quedó estampado en un documento, cuyo contenido la viuda difícilmente conoce exactamente, a menos que alguien se lo lea. Así se consumó la estrategia judicial de la defensa, llamémosla…”exitosa”.

La libertad de Martín ya está fuera de peligro, el pleito puede comenzar, el muerto yace unos cuantos palmos bajo tierra, la madre y hermanos compelidos a mirar el juicio por la ventana del tribunal y los $10.000.000 farreándose con cierta discreción.

El joven abogado Gonzalo Bulnes, ante el abandono de la viuda, hizo un esfuerzo postrero por reincorporar a la familia del occiso (madre y/o hermanos) como parte e intervinientes en el juicio, en la calidad de parientes de la víctima. Pero los jueces, estériles, impedidos de hacer Justicia, pues su papel y función jurisdiccional les pone en la necesidad de aplicar implacablemente la Ley, rechazaron la petición y sólo pudieron ofrecerles un lugar en la primera fila de la sala de audiencias del Tribunal, con derecho a mirar, pero no a impetrar, o pedir, o intervenir en el pleito. Para ser justos, no sólo a mirar, también a escuchar.

Todo esto es posible, como dijera el joven y valiente abogado Gonzalo Bulnes, en razón de la "...la fragilidad de la pobreza…” aprovechada en una “hábil maniobra” de la defensa, inescrupulosa, pero ajustada con deontológico rigor, a las reglas de los combates de Artes Marciales Mixtas, (MMA) que combinan el box, la lucha y el sipalki, o, peor (o mejor) aún, a las reglas del “vale tudo” de Brasil, o ajustadas derechamente y sin asco (para asegurar la victoria judicial) a las del full contact y el kickboxing que, en nuestros Tribunales, ya no desentonan.

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