EL NO
Guillermo Arenas Escudero
Por estos días de aniversario muchas noticias y actos
de proselitismo circundaron el NO. Algunos columnista habituales de la prensa,
abordaron el asunto que remeció al país hace 25 años, con un par de artículos
por acá y otros por acullá.
La gente es dueña del NO. Nadie les podrá quitar su
pertenencia. La adquirió en la época del espanto. Como se dice en estas tierras
de fin de mundo: "Ese derecho se lo ganaron bien ganado".
Pasados los años, se quedó con ese nombre: el NO. La
campaña del NO. La gesta del NO. El plebiscito del NO. Los apoderados del NO.
Los puerta a puerta del NO. La franja del NO. La época del NO. Incluso anida,
en nuestros recuerdos, con su música propia: "Vamos a decir que NO".
Muchos son los interesados en trivializar el NO. Por
de pronto, la ultraderecha y el militarismo criollo enseñoreados en los cuarteles
hasta el día de hoy. El Mercurio y La Tercera lanzaron al ruedo a sus plumarios
para diluir su relevancia. Licuarla. Ojalá gasificarla.
Al otro lado de la vereda de nuestra binaria sociedad,
los "progres" tienen apañado al NO. Lo exhiben como si les hubiere
salido un hijo inteligente (mejor aún, bueno para la pelota). Algo así como la
última tabla de salvación de una ética náufraga de la cual quedan un par de
recuerdos lejanos, pero todavía útiles.
La nomenclatura de los partidos que participaron del
NO (inpulsándolo) lo celebran (conmemoran) lo más lejos posible de los actores
esenciales del acontecimiento: la gente. Lo exprimen, eso sí, con fruición, en
actos de campañas desaprensivas, en busca de los extraviados.
Con todo (a pesar de todo) el NO, se presenta como uno
de los pináculos de los movimientos sociales y ciudadanos de la historia de
Chile. "Porque puso término a la dictadura de Pinochet" musita
contenta la mayoría.
A 25 años del acontecimiento, resulta pertinente
(quizá indispensable) preguntarse sobre la naturaleza del NO. Al menos no es
ocioso.
Qué es el No.
No, qué fue, sino, insisto, qué es el NO.
Qué significado tiene en tanto acontecimiento actual.
La pregunta se refiere al NO como un hecho del presente. Acontecimiento actual
que vivimos como actores y espectadores simultáneamente.
No es un pregunta original (tampoco se pretende). Interrogarse sobre el presente, es uno de los
signos más inequívocos de la modernidad, al menos desde fines del siglo XVIII.
Notable es un texto de Michel Foucault(*) que da
cuenta de un periódico alemán, el Berlinische Monatschrift, que tenía el buen
hábito de plantear a sus lectores preguntas abiertas, muchas de cuyas
respuestas hoy son legendarias, memorables. En diciembre de 1784 se publicó una
de Kant a la pregunta: "Qué es la Ilustración". Años después, en
1879, el filósofo respondería a la pregunta más acuciante de su tiempo:
"Qué es la revolución", referida obviamente a la francesa.
Guardadas las proporciones (y la colosal magnitud de
los personajes citados) pero acicateados por lo mismo, "Qué es el
NO", es una pregunta pertinente. Baste con dar cuenta del tembloral
histórico que provocó el NO en Chile y las repercusiones, mayores y menores,
que hubo en muchos lugares del mundo, para hacerla atingente.
Se escucha decir que el NO fue una manera decente, de
los militares, de entregar el poder.
Algo así como "16 años era mucho tiempo". Un argumento procaz, sin
dudas.
Se sostiene, en aulas universitarias inclusive, que se
trató de un acto democrático, convocado por razones de Estado. De un plebiscito
ratificatorio de la presidencia que ostentaba Pinochet, que proponía extenderla
por 8 años más. Tan peregrina tesis lleva al absurdo de aceptar que una
convocatoria a elecciones o plebiscito de cualquier dictadura, devendría en la
transfiguración de esa dictadura en un régimen democrático.
Por ahí se sentencia: se trató del momento culminante
de la acumulación de fuerzas políticas y sociales que fueron, finalmente,
capaces de derribar la dictadura. (Para llorar).
Los guarismos del resultado tampoco importan. Por lo
demás, nadie podría asegurar, en rigor, que el 55,9% del NO y el 44,01% del SI,
son cifras auténticas, o morigeradas, o pactadas, lo que abunda en contra del
carácter auténticamente democrático de ese plebiscito.
Recordemos que nueve meses después del NO hubo una
segunda patita plebiscitaria. El 30 de julio de 1989 se convocó a las urnas a
ratificar 54 reformas a la Constitución del ’80 que la dupla Boeninger-Correa pactaron
(debidamente mandatados) con el entorno del Comandante en Jefe del Ejército de
Chile, es decir, del dictador. Esta vez el resultado fue: 91,25% para el Sí y
8,75% para el No. El fantasma de una Asamblea Constituyente quedaba de esa
manera espantado. Qué guarismo, no? Impresionante! ¡¡91,25% contra 8,75%!!
(¡¡Hay, gran Nicanor!! Cómo no te tomamos en cuenta cuando nos advertiste que
la derecha y la izquierda unidas jamás serían vencidas).
De entre los columnistas que se han referido al NO,
uno de dotes comunicacionales, lobista nato, concluye que se trató, en verdad,
de la derrota de aquellos civiles contumaces que, encabezados por Jaime Guzmán,
alimentaron teóricamente, durante los 16 años, a la dictadura. (Vaya, innecesaria
vuelta de tuerca)
Esos análisis y otros análogos pueden resultar
finalmente acertados, sin embargo, nos deja lejos de descubrir, o al menos
entrever, la naturaleza del NO.
En el ya referido texto de Foucault hay un aserto muy
atingente a la cuestión de la sustancia del NO (cito): “Lo que es significativo
es la manera en que la revolución se hace espectáculo, es la manera en que es
recibida en todos lados por espectadores…que la miran…que asisten a ella…”.
Es lo que ocurre con el NO. Al hacerse espectáculo,
todos nos transformamos en espectadores.
El No (como la revolución) muestra a todos sus
espectadores, que el poder absoluto puede ser derrotado. No importa el poder
que tenga la dictadura. De hecho, cae a vista y presencia de todos sin que
nadie pueda evitarlo, en medio de un espectáculo sobrecogedor. Ni siquiera la
fuerza militar incontrarrestable de que disponía esa noche el tirano pudo
evitar su caída. El poder total, se derrumbó de un momento a otro.
El anuncio de los resultados del acto electoral mismo
fue el clímax del NO como espectáculo. Dos de la madrugada del 6 de octubre. Un
actor, el Subsecretario de Interior de la dictadura, millones de espectadores
criollos y extranjeros. Gana el NO, la dictadura es derrotada, el poder
absoluto rueda por el suelo. Vencer es posible. Se instala instantáneamente (y
para siempre) en la conciencia de todos los espectadores, la convicción que no
hay poder invencible, ni dictadura inexpugnable. Los espectadores, desde ese
momento adquieren conciencia que la derrota del poder total, que presencian,
será posible por siempre. Se ha transitado de un estado de minoría de edad y un
estado de adultez, de dominio sobre el propio destino, para decirlo en las
kantianas palabras de la Ilustración.
Así como en Francia a la Revolución le sucede
finalmente el Terror, el Imperio Napoleónico y la misma Restauración, carece de
importancia que los propósitos del NO de democracia plena, recuperación de los
bienes públicos y sociales, etc., hayan quedado en el camino, sea pactados, sea
transados, sea traicionados. Carece de importancia respecto del sentido que
tiene el NO. Para su esencia.
El NO es el momento que el ejército “jamás vencido” es
derrotado por su propio pueblo.
El
NO es la demostración y la prueba de la derrota del poder total y absoluto, así
sea que se apoye en un poderoso y disciplinado ejército que durante toda la
dictadura se deshonró a sí mismo.
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(*) ¿Qué es la Ilustración? Michel Foucault. Alción Editora.
Córdova, Argentina. 1996.
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