GAZA,
la banalidad del mal
(para proteger la humanidad)
Guillermo Arenas
Escudero
«Pasaremos a la
historia como los más grandes estadistas
de todos los
tiempos, o como los mayores criminales».
(Goebbels
1943) (*)
Hannah Arendt
(Linden-Limmer, Hannover 1906--Nueva York 1975), una judía brillante, como
tantos y tantas de su pueblo, como se sabe, fue una teórica política alemana,
que en su obra: "Eichmann en Jerusalén", acuñó el concepto (sino la categoría):
'la banalidad del mal'.
Los oficiales de
las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), su Comandante en Jefe y todos los que
participan en los ataques en la Franja de Gaza, no son unos monstruos, ni el
pozo donde anida la maldad. Sus actos crueles, conscientes y brutales no tienen
atenuantes, ni excusas, ni son inocentes, pero en caso alguno se ejecutan
porque ellos tengan una infinita capacidad para la crueldad. Sólo, como dijera
la Arendt en relación a los actos de Eichmann, los ejecutan porque son unos
burócratas de una máquina de guerra y exterminio al servicio de un objetivo
superior, supremo.
Lenta, imperceptible, pero inequívocamente el Estado de
Israel y las FDI han establecido una política de exterminio en contra de todo
aquello que se oponga a la 'seguridad nacional israelí'.
La máquina de
muerte y destrucción en la Franja de Gaza, constituye el fracaso de Occidente
y su cacareado "Humanismo" que vocean con altanero desdén y al que rinden
hipócrita culto desde hace ya unos tres milenos.
Finalmente, hoy por
hoy, el 'humanismo' es una palabra vacía cuando no está al servicio del poder.
Me refiero a los
todos aquellos 'humanismos' euro-occidentales, como el alegre, optimista y pretencioso de la Ilustración, el del
Cristianismo triunfante, o aquéllos que
inspiraran, a su turno, la revolución francesa y la rusa y a toda proeza
emancipadora, de esas que se ponen en la Historia como grandes gestas e hitos
civilizatorios.
La gran
epistemóloga argentina Esther Díaz, (Ituzaingó, Provincia de Buenos Aires 1936)
en el "Ñ" del 12 de julio, en su texto “La trampa humanista”, con
brillo hace referencia precisamente al término "humanista" y lo
descuera.
Nos advierte que
'humanismo' es sólo un término, uno de esos universales, que opera como
tecnología de dominación que "...a fuerza de insistencia y buena prensa,
ha terminado por ser aceptado por
revolucionarios y reaccionarios, por anarquistas y fundamentalistas, por
progresistas y fascistas.".
Para atacar la
Franja de Gaza, el Estado de Israel apela a la necesidad de la protección de
sus gentes, puestos en peligro por los terroristas de Hamas y demás
palestinos. Se trata a todas luces de
una invocación de la supremacía de lo humano, de la preservación de la
integridad y la vida de un pueblo y su fe, de la protección y cuidado de lo
judío.
Allí está, entre la bruma del discurso y el negro humo de la guerra: El humanismo, el viejo y solapado humanismo, como justificación de cada disparo,
como necesario ante cada muerte.
La Díaz, hace lo de
Jantipa con el 'humanismo' pues arroja un balde con orines sobre su sacralidad. "¿Qué supone
el humanismo?" (se interroga) que le permite a la "supremacía de lo
humano" asolar toda otra existencia: personas con otra piel, otra fe,
otras costumbres, mujeres y "hasta niños cuyos derechos son muy
recientes"?
En su reflexión continúa y sin tregua: "Georg
Lukács en un extremo y Adolf Hitler en el otro. Con las exorbitantes y obvias
diferencias, ambos son humanistas. El segundo apostaba a destruir 'seres
inferiores' para purificar la humanidad, el primero a que se realizara la
revolución en beneficio de la humanidad.". Y remata: "Suele decirse
que los torturadores son 'inhumanos', ¿de dónde salió eso? Únicamente el humano
tortura o traiciona..."
En nombre de la
humanidad (del pedazo de humanidad que tiene poder para ello) es que se hizo y se hace la guerra en países con petróleo o marfil o
diamantes. En su nombre se encomendaron los indios para su
cristianización, y a los negros se les hizo esclavos y a los pobres, siervos de
la tierra.
En nombre de la
preservación de la vida de los israelíes atacan la Franja de Gaza.
Los ataques son
ejecutados por gente normal, por personas ordinarias, por soldados que solamente
obedecen órdenes dadas en una máquina de exterminio: Túneles con armamento, mezquitas,
casas de dirigentes de todos los signos, hospitales, escuelas, refugios ONU. <Deben
abandonar este lugar> rezan los impresos lazados desde aire. Pero dónde
huir?
La muerte y desolación que todo ello acarrea, expresan una maldad extrema. Tan extrema que sólo puede ser ejecutada por gente
común y corriente, por un buen padre de familia o una buena ama de casa. Por
magníficos sacrificables en las aras de su propia patria. (Vano sacrificio si
se cree que en una guerra no hay victoriosos, sino y solamente: víctimas;
cualquiera sea el lado en que te encuentres).
Maldad tan extrema, en este y en muchos otros casos, se funda en la prosecución de un gran
destino común: nacional, étnico, divino.
El joven oficial de
la FDI que teledirige un DRONE y lo deja caer con su carga mortal sobre…bueno
sobre cualquiera que sea el objetivo…o que nos envía por la televisión su imagen sobre un tanque haciendo el signo de la victoria, ese joven oficial, en su cotidiano, es un
buen hombre, además que sabe hacer con eficiencia y eficacia su trabajo en el campo de batalla. Se le
esperará en casa cuando las acciones terminen, le recibirán como un ejemplo del
deber cumplido, un salvador de la humanidad israelí que supo cumplir con sus
obligaciones.
Ese es el sentido de la banalidad del mal. El que se dejara caer con particular saña sobre
judíos, como también de gitanos, masones, comunistas y socialdemócratas en
Alemania y fuere ejecutado por alemanes normales, dedicados con fruición a la tarea encomendada.
Hoy cae sobre los
palestinos de Gaza, que son muertos, o, con suerte, desplazados, todo por gente
común y corriente, por israelíes normales, que de tanto matar y destruir en
nombre de sus necesidades, hacen del mal un acto banal.
Esta masacre ya es un asunto que nos atañe a todos. En ese sentido, lo peor para todos
está por venir: por un lado, el Estado de Israel luchará fieramente para que los ejecutores
de esta masacre queden impunes y por el otro, muchos, (especialmente muchos
judíos que en estos días han alzado valerosamente su voz) tratarán que los ejecutores de las masacres asuman la
responsabilidad de sus crímenes.
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(*) La frase de Goebbels la cita Hannah Arendt en "Eichmann en Jerusalén"
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(*) La frase de Goebbels la cita Hannah Arendt en "Eichmann en Jerusalén"