Primera Noche
(en la cárcel)
Guillermo Arenas Escudero
Mi primera noche en la cárcel no pudo esquivar la
noche que se vino al final de la jornada del once. Del once de septiembre en la
ladera sur poniente del cerro Los Placeres. En Valparaíso. Esa noche pude, la
primera, entre sueños y extravíos, (o solamente en el miedo) esconderme hasta
el amanecer. Sólo esa noche pude, jamás
podría otra vez. A cada mes, a cada año, menos son los que te escuchan, más los
que te juzgan por lo que hiciste y por lo que hicieron los muertos, también (y especialmente)
por aquello que nadie hizo. El lugar olía a heno, paja húmeda, a orín de yegua
sudada. A ratos, la oscuridad era rota por el luminoso silencio de todos los
cerros. No faltó ninguno a esa, la primera, queda. “Se ven estrellas ocultas
tras las nubes”, deliré. Deliberadamente ocultas. Sembradas allí, para que no
las vieran. Ni nadie. Un grueso poncho cobijó mis huesos, como las mantas de
reglamento de Gendarmería lo hacían esta vez. Ponchos y mantas vencidas por el formidable
espanto que se venía encima. Débil, iracundo, temeroso. Si te duermes mueres.
Una nueva bestia estaba allí, omnipresente, ni siquiera oculta, sin dejarse
ver. Por mucho tiempo, no sé cuánto,
profeticé blasfemias, en mis sueños el sol dejaría de salir para todos por
igual. Deseaba que en la próxima mañana, saliera para nosotros, para nadie más
que para nosotros. Sólo el miedo, y a escondidas el odio, me salvaban de la
locura o la cordura, nunca lo sabría, ni siquiera cuando pasara todo, cuando el
duro golpe y el gran desfile, transitara de pequeña victoria a la tradición
oropel, amarillo áureo, auténticamente falso. Disparos en la lejanía, sus esquirlas
rozaban mis sienes. La noche regaló un par de tiros secos, sin ecos, tres
centímetros más acá o más allá de la línea de fuego. El dolor no se amilanó con los estampidos. Un
nuevo escopetazo y otro más y otro. Cazando conejos, escupió un oficial,
entreteniendo la noche, espetó un sargento. Un mate, un mate canero, ese que
iguala, cualquiera que sea del lado que estés, el mate limpia la reja, borra el
barrote pero no mata el insomnio si se toma amargo, como debe ser. Será duro,
pero pasará, me dijeron, me dije, como todo, pasará, nadie puede impedirlo,
amanecerá, no tiene remedio, saldrá el sol, sólo que para pocos esta vez (está
dicho) pero saldrá. Aférrate a ello. Los días se rendirán de uno en uno, en
un conteo interminable. Con el tiempo se
podrá dormir, hasta soñar se podrá. Soñar
con viejas herejías, esperar la vuelta, esa vuelta elusiva que nunca
pareciere que fuere a llegar y que muchas veces, al final no llega. Cómo
saberlo. <Camina> <Sólo hacia adelante camina> en noche de
cerrazón, negra-negra: camina. Una negra noche, eso es y sólo eso, negra. No
hay capitán ni timón, ni carta, ni luces en el cielo donde buscar el rumbo, ni
en la tierra una señal. Adelante, sólo adelante, hasta caer, hasta morir o
vivir. Adelante, nada más que adelante, sin esquivar al miedo, ni engañar al
odio, para seguir siendo, a cualquier costo, seguir siendo, a cualquier precio,
adelante, sin más. Alcé la vista hacia cualquier lugar. Busqué el horizonte. No
lo vi, no vi nada. Inventé una orilla. Imaginé la del otro lado. Antes que
alcanzara a murmurar una oración, escuché el ruido de mis remos y mi espíritu que
se hacían a la mar. A lo que fuere.
[Punta de Tralca
enero 2011]