viernes, 16 de mayo de 2014

Primera  Noche

(en la cárcel)




Guillermo Arenas Escudero





Mi primera noche en la cárcel no pudo esquivar la noche que se vino al final de la jornada del once. Del once de septiembre en la ladera sur poniente del cerro Los Placeres. En Valparaíso. Esa noche pude, la primera, entre sueños y extravíos, (o solamente en el miedo) esconderme hasta el amanecer.  Sólo esa noche pude, jamás podría otra vez. A cada mes, a cada año, menos son los que te escuchan, más los que te juzgan por lo que hiciste y por lo que hicieron los muertos, también (y especialmente) por aquello que nadie hizo. El lugar olía a heno, paja húmeda, a orín de yegua sudada. A ratos, la oscuridad era rota por el luminoso silencio de todos los cerros. No faltó ninguno a esa, la primera, queda. “Se ven estrellas ocultas tras las nubes”, deliré. Deliberadamente ocultas. Sembradas allí, para que no las vieran. Ni nadie. Un grueso poncho cobijó mis huesos, como las mantas de reglamento de Gendarmería lo hacían esta vez. Ponchos y mantas vencidas por el formidable espanto que se venía encima. Débil, iracundo, temeroso. Si te duermes mueres. Una nueva bestia estaba allí, omnipresente, ni siquiera oculta, sin dejarse ver.  Por mucho tiempo, no sé cuánto, profeticé blasfemias, en mis sueños el sol dejaría de salir para todos por igual. Deseaba que en la próxima mañana, saliera para nosotros, para nadie más que para nosotros. Sólo el miedo, y a escondidas el odio, me salvaban de la locura o la cordura, nunca lo sabría, ni siquiera cuando pasara todo, cuando el duro golpe y el gran desfile, transitara de pequeña victoria a la tradición oropel, amarillo áureo, auténticamente falso. Disparos en la lejanía, sus esquirlas rozaban mis sienes. La noche regaló un par de tiros secos, sin ecos, tres centímetros más acá o más allá de la línea de fuego.  El dolor no se amilanó con los estampidos. Un nuevo escopetazo y otro más y otro. Cazando conejos, escupió un oficial, entreteniendo la noche, espetó un sargento. Un mate, un mate canero, ese que iguala, cualquiera que sea del lado que estés, el mate limpia la reja, borra el barrote pero no mata el insomnio si se toma amargo, como debe ser. Será duro, pero pasará, me dijeron, me dije, como todo, pasará, nadie puede impedirlo, amanecerá, no tiene remedio, saldrá el sol, sólo que para pocos esta vez (está dicho) pero saldrá. Aférrate a ello. Los días se rendirán de uno en uno, en un  conteo interminable. Con el tiempo se podrá dormir, hasta soñar se podrá. Soñar  con viejas herejías, esperar la vuelta, esa vuelta elusiva que nunca pareciere que fuere a llegar y que muchas veces, al final no llega. Cómo saberlo. <Camina> <Sólo hacia adelante camina> en noche de cerrazón, negra-negra: camina. Una negra noche, eso es y sólo eso, negra. No hay capitán ni timón, ni carta, ni luces en el cielo donde buscar el rumbo, ni en la tierra una señal. Adelante, sólo adelante, hasta caer, hasta morir o vivir. Adelante, nada más que adelante, sin esquivar al miedo, ni engañar al odio, para seguir siendo, a cualquier costo, seguir siendo, a cualquier precio, adelante, sin más. Alcé la vista hacia cualquier lugar. Busqué el horizonte. No lo vi, no vi nada. Inventé una orilla. Imaginé la del otro lado. Antes que alcanzara a murmurar una oración, escuché el ruido de mis remos y mi espíritu que se hacían a la mar. A lo que fuere.




[Punta de Tralca
enero 2011]

martes, 6 de mayo de 2014



"...la fragilidad de la pobreza…"




Guillermo Arenas Escudero


Abril.

Qué mes, este abril que se fue.

Aún no dejaba de temblar en el Norte Grande, poco antes del gran incendio de Valparaíso, cuando el joven abogado Gonzalo Bulnes, con voz calma dictó una severa sentencia que ha dejado, sin más, al descubierto, la peor de nuestras patrias miserias:

"...la fragilidad de la pobreza…”

Como sabemos, en las cercanías de Curanipe, Martín, hijo de Carlos, un adinerado estanciero de la Patagonia y dirigente político de fuste, ingresado al Senado de la República por una de sus puertas laterales, arrolló con su vehículo a Hernán Canales un lugareño del sector, causándole la muerte. Es decir, lo mató.

También sabemos que los hechos ocurrieron en medio de las fiestas del 18 de septiembre pasado, días en los cuales, asegura Martín, no había bebido y, en consecuencia, no estaba bajo la influencia del alcohol en aquellas celebraciones de la independencia nacional. Hay que hacer un esfuerzo considerable si se le quiere creer, no? 

Luego las cosas transcurrieron con la normalidad que transcurren las cosas en Chile, cuando el hijo de un hacendado abandona moribundo en el camino a un peón, o mediero o a un roto cualquiera: -) la autopsia fue falsificada; -) Los testigos-amigos del hijo del estanciero mintieron con singular torpeza y descaro; -) el Ministerio Público formalizó por el delito de penas más benignas, respecto de otro con sanciones más severas; -) Una nube de periodistas y abogados rodeó el caso hasta que se hizo ininteligible, brumoso y dudosas las responsabilidades; -) los Jueces, como en todos los casos, yermos de atribuciones, en sus tristes papeles tenísticos de jueces de silla en que los pusiere la reforma procesal penal, se miraron sin poder hacer mucho.

Con todo, el juicio se venía incierto, el abogado de la familia de la víctima, Gonzalo Bulnes, pedía 7 años de prisión, lo que implicaba que Martín, de ser condenado, tendría que cumplirlos efectivamente, es decir, en una penitenciaría. El fiscal, en representación de la sociedad chilena, ya se dijo, pedía una pena menor, (4 años) que dejaría (dejará) a Martín en un régimen de libertad vigilada o remitida a una firma mensual por cierto tiempo.

Así estaba el asunto cuando la viuda del occiso, acuciada por parientes e interpósitas personas, recibió la oferta de $10.000.000 para que retirare la querella. Como suele ocurrir en este tipo de tratos, turbios y calígines, no se sabe, si fue la viuda la que directamente acordó la cifra o algún agente oficioso. Lo cierto es que la viuda se desistió de la querella. También que el acuerdo quedó estampado en un documento, cuyo contenido la viuda difícilmente conoce exactamente, a menos que alguien se lo lea. Así se consumó la estrategia judicial de la defensa, llamémosla…”exitosa”.

La libertad de Martín ya está fuera de peligro, el pleito puede comenzar, el muerto yace unos cuantos palmos bajo tierra, la madre y hermanos compelidos a mirar el juicio por la ventana del tribunal y los $10.000.000 farreándose con cierta discreción.

El joven abogado Gonzalo Bulnes, ante el abandono de la viuda, hizo un esfuerzo postrero por reincorporar a la familia del occiso (madre y/o hermanos) como parte e intervinientes en el juicio, en la calidad de parientes de la víctima. Pero los jueces, estériles, impedidos de hacer Justicia, pues su papel y función jurisdiccional les pone en la necesidad de aplicar implacablemente la Ley, rechazaron la petición y sólo pudieron ofrecerles un lugar en la primera fila de la sala de audiencias del Tribunal, con derecho a mirar, pero no a impetrar, o pedir, o intervenir en el pleito. Para ser justos, no sólo a mirar, también a escuchar.

Todo esto es posible, como dijera el joven y valiente abogado Gonzalo Bulnes, en razón de la "...la fragilidad de la pobreza…” aprovechada en una “hábil maniobra” de la defensa, inescrupulosa, pero ajustada con deontológico rigor, a las reglas de los combates de Artes Marciales Mixtas, (MMA) que combinan el box, la lucha y el sipalki, o, peor (o mejor) aún, a las reglas del “vale tudo” de Brasil, o ajustadas derechamente y sin asco (para asegurar la victoria judicial) a las del full contact y el kickboxing que, en nuestros Tribunales, ya no desentonan.