lunes, 25 de noviembre de 2013

ALGUIEN DEJÓ ABIERTA UNA VENTANA
EN LA ESCUELA DE DERECHO


Guillermo Arenas (Escudero por las madre)
Este artículo fue escrito para "El Pilín":
http://www.elpilin.cl/alguien-dejo-abierta-una-ventana-en-la-escuela-de-derecho/


Se cuenta que Fleming en el caluroso verano europeo de 1928 se tomó tres semanas de vacaciones. Para fortuna de todos nosotros, Fleming, que era un despelotado, arrancó de la canícula dejando abierta una ventana de su laboratorio.

Al volver, Alexander Fleming se percata que en una cápsula de Petri, en la que experimentaba con la temible bacteria staphylococcus aureus, un moho producido por una colonia de hongos, que se habían colado por la ventana, no habían dejado bacteria con cabeza.

¡La penicilina estaba descubierta!

Por casualidad, es cierto, pero a quién le importa, si mata bacterias.

Pasaron varios años antes que el trabajo de Fleming fuera reconocido por la comunidad científica y su descubrimiento salvara vidas masivamente. Sir Alexander Fleming, recibió recién el Nobel de Medicina en 1945.

Traigo a cuento esta historia penicilínica porque me tinca, tengo el pálpito, que esta primavera, en uno de estos fines de semana largos, en los que Santiago se vacía, en la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, una ventana se quedó abierta.

Es poco común que los resultados de  elecciones de Centros de Alumnos sean  un tema en los medios, solamente atentos y preocupados de sus propias redondeces.  

La noticia era: En la Escuela de Derecho, las elecciones las ganó una lista con nombre de broma mechona: "retroCEDamos".

Ante tan insólito, singular y sorprendente suceso, llamé a mis contactos leguleyos para anoticiarme debidamente de lo ocurrido.

Todo había tenido su origen en una rosca intestina entre colectivos de izquierda (lo de colectivo sólo lo repito, no entiendo mucho de tectónicas sociales post modernas).

Factum: las izquierdas, sencillamente no se ponían de acuerdo en una lista unitaria para las elecciones del Centro de Estudiantes de Derecho.

Seamos justos, la unidad ha sido siempre un bien escaso. Antíguamente, su ausencia se enmascaraba en “cuestiones de principios”, se la proveía de base teórica, científica, filosófica, política y ética. (Para llorar)

Además, cualquiera que lance una mirada al futuro verá a una parte de las izquierdas en el Gobierno y a otras en la Oposición.  No es necesario consultar un oráculo para profetizar las montañas de descalificaciones mutuas que lloverán.

Pongo alguna esperanza en que mejorarán los estilos y los estiletes. Las izquierdas, en sus peleas familiares, suelen flaquear en la estética más que en la moralina. Al menos, que los dolores de las divisiones se compensen con un buen espectáculo. Advierto, eso sí, que el público se está poniendo exigente.

En medio de tantos argumentos y considerandos para dividirse (todos atendibles, razonables, lógicos, hijos legítimos o putativos de la consecuencia o la razón de Estado) un pequeño grupo (siempre los que dejan grandes tendaladas parten siendo pocos) se hastió de tantas payasadas y optó por una acción rocambolesca.

“A este circo le faltan payasos” se dice que dijeron, (tal es la notoriedad que ha cobrado “retroCEDamos” que ya hay versiones disímiles, no sólo respecto de la historia fidedigna de los acontecimientos, sino también del espíritu que reinó en la ocasión y también sobre la voluntad cierta y sincera de sus actores).

En concreto, como se sabe, este grupo de disidentes, se presentó a las elecciones y las ganó.

Tengo la esperanza (esa esperanza verde que nunca abandono) que durante el próximo gobierno, cuando arrecien las mismas payasadas que han justificado, justifican y justificarán, las divisiones de la izquierda, surja un grupo como “retroCEDamos”, levante su propia carpa y se lo lleve todo por delante.

Llegada la hora, serán de gran utilidad un poco de aquellos hongos (sanadores de infecciones) que esta primavera pareciere se deslizaron sin permiso de nadie, por los ventanales de la Escuela de Derecho, airearon al ambiente y, pasado el estupor de los profesionales de la política, se adueñaron, sin más, de toda la escena.

Sólo una petición a los nuevos dirigentes del Centro de Derecho:


¡No cierren las ventanas! 

miércoles, 30 de octubre de 2013

OBAMA
  Y LA GUERRA DEL PELOPONESO

Guillermo Arenas Escudero

Barack Hussein Obama. Es el cuadragésimo cuarto Presidente de los Estados Unidos de América.
Sus críticos le agregamos con sádica (o masoquista) fruición su título de nobleza internacional: Premio Nobel de la Paz 2009, por el cual se le colgó una medalla de oro, se le entregó sendo diploma y US$1.400.000, lo que no es mucho, en esas alturas, pero para algo alcanzará.
Cobra su remuneración mensual con la frente en alto. Cumple con devoción cuáquera las obligaciones propias de un Presidente de los Estados Unidos de América.
Hace lo que han hecho con rigor espartano, todos los emperadores de todos los tiempos. Nerón y Calígula, en Roma. Adolfo y José en la Europa de la primera mitad del S.XX, Isabel e Isabel, esas orgullosas y soberbias colonialistas de las islas británicas y la península ibérica.
Obama tiene sus “martes terroristas”(1) en los que se reúne en alguno sus bunkers o en la mismísima oficina oval (cuyo sillón del escritorio principal, casi se viene a Chile) y resuelve a quién dejará caer un drone en el curso del resto de la semana, es decir, decide, quién vive, quién muere, en Túnez, Libia, Siria, Afgasnistán y se podría seguir hasta copar casi todos los asientos de la ONU.
Obama es la encarnación de las tradiciones imperiales. Qué duda cabe.
Tiempo atrás, (en verdad hace como cuatro años) un sobrino, un hijo de alguno de mis amigos, quizá uno de los míos, con esa sagacidad propia de los jóvenes y de los viejos más ladinos, me disparó por el flanco izquierdo la siguiente frase: "Pucha que jode la gente de su generación tío (o papá) con eso del imperialismo".
Como en aquel tiempo aún gozaba de cierta autoridad, le miré con fingida severidad y le sentencié a leer parte de la "Historia de la Guerra del Peloponeso" de Tucídides. Hallarlo fue toda una proeza. Lo encontramos en uno de mis más antiguos anaqueles. Hoy todo es más fácil, se puede "bajar" de la web en todas las versiones y en todos los formatos.
Tomé el libro y sacrifiqué su pulcra impresión rayándolo con uno de esos lápices rojo-azul de carpintero que me gustan tanto para los menesteres de resaltar lo que me interesa. No pretendía mostrar la historia de la Hélade, sino solamente, y apenas, como se comportaba en esos tiempos un hacedor de imperialismos.
Como se sabe la del Peloponeso (431-404 a.C.) fue una larga guerra, en tres tiempos, en la antigua Grecia, entre Atenas y Esparta, en torno a las cuales se agrupaban el resto de las ciudades.
Los párrafos y diálogos que marqué en aquella ocasión fueron, más menos, los siguientes:
Estos sucesos ocurrieron aquel invierno del décimo quinto año de esta guerra.
Los atenienses enviaron  otra armada de 30 barcos contra la isla de Melos. Iban 1.200 hombres de guerra muy bien armados y 300 flecheros y 20 caballos ligeros.
Estaban al mando de Cleomedes y Tisías, quienes antes que hiciesen mal ni daño alguno a los de la isla, enviaron embajadores a los de la polis para que parlamentasen con ellos.
(Embajadores atenienses): Varones melios, no será menester hacer largos razonamientos para mostraros que tenemos una justa causa para comenzar la guerra contra vosotros. Cuando los más flacos y débiles contienden y luchan sobre aquellas cosas que los más fuertes y poderosos les piden o exigen, es mejor y más conveniente ponerse de acuerdo con los débiles, para conseguir el menor mal y daño posible.”
(Melios): Nosotros queremos conservar aquello en que consiste nuestro bien común, que es nuestra libertad.
(Embajadores atenienses): Hablemos sobre lo que toca a nuestro señorío y a vuestro bien y el de vuestra polis y república. En cuanto a esto os diremos claramente nuestra voluntad e intensión: queremos de todos modos tener mando y señorío sobre vosotros, porque será tan útil y provechoso para vosotros como para nosotros.
(Melios): ¿Cómo puede ser tan provechoso para nosotros ser vuestros súbditos y para vosotros ser nuestros señores?
(Embajadores atenienses): Os es ciertamente provechoso, porque más vale que seáis súbditos que sufrir todos los males y daños que os puedan venir a causa de la guerra; y nuestro provecho consiste en que nos conviene más mandaros y teneros por súbditos que mataros y destruiros.
(Melios): Gran vergüenza y cobardía nuestra será, si estando en libertad, como estamos, la dejáramos perder y no hiciéramos todo lo posible antes de caer en servidumbre.
(Embajadores atenienses): Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben. Estamos aquí por el bien de nuestro imperio y lo que les decimos es para la salvación de vuestro país, porque queremos ejercer nuestro dominio sin causar ningún trastorno y que os salvéis, tanto por vuestro interés como por el nuestro. (2)
La guerra del Peloponeso continuó por largos y muchos años. Pero esa es otra parte de la misma historia, lo que acá nos interesaba era contestar la pregunta con caracteres de interpelación, hecha (ahora me acuerdo) por mi sobrino más querido, que a la sazón tenía alrededor de 14 años.

Buen provecho, le dije finalmente, no sin antes advertirle que en materia de servidumbres y sometimientos aún queda mucho por escribirse. Añadí, mirándole fijamente, que el alma de los yanaconas ronda y reina en nuestros países, La costumbre de someter gente ni siquiera tiene que ver con el color de la piel . Para terminar, le amenacé fieramente: “si no te has convencido que Obama es un Emperador, te mando a leer la “Historia de la Guerra del Peloponeso” ¡¡entera!!.
Creo que fue suficiente.

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(1)  “La Guerra de los DRONES” Artículo de Jorge Luis Volpi, publicado en su Blog "El Boomeramn", el 17 de marzo de 2013.
(2)  No se trata de una o varias citas, aunque en buena parte lo son, sino de una versión libre de “Historia de la Guerra del Peloponeso” de Tucídides tomada del texto con traducción de Diego Gracián   (http://www.enxarxa.com/biblioteca/TUCIDIDES%20Guerra%20del%20Peloponeso%20_BCG_.pdf              También se usó el epígrafe del libro “Por el Bien del Imperio” de        Josep Fontana. Pasado-Presente         Barcelona.

viernes, 11 de octubre de 2013

EL NO

Guillermo Arenas Escudero

Por estos días de aniversario muchas noticias y actos de proselitismo circundaron el NO. Algunos columnista habituales de la prensa, abordaron el asunto que remeció al país hace 25 años, con un par de artículos por acá y otros por acullá.
La gente es dueña del NO. Nadie les podrá quitar su pertenencia. La adquirió en la época del espanto. Como se dice en estas tierras de fin de mundo: "Ese derecho se lo ganaron bien ganado".
Pasados los años, se quedó con ese nombre: el NO. La campaña del NO. La gesta del NO. El plebiscito del NO. Los apoderados del NO. Los puerta a puerta del NO. La franja del NO. La época del NO. Incluso anida, en nuestros recuerdos, con su música propia: "Vamos a decir que NO".
Muchos son los interesados en trivializar el NO. Por de pronto, la ultraderecha y el militarismo criollo enseñoreados en los cuarteles hasta el día de hoy. El Mercurio y La Tercera lanzaron al ruedo a sus plumarios para diluir su relevancia. Licuarla. Ojalá gasificarla.
Al otro lado de la vereda de nuestra binaria sociedad, los "progres" tienen apañado al NO. Lo exhiben como si les hubiere salido un hijo inteligente (mejor aún, bueno para la pelota). Algo así como la última tabla de salvación de una ética náufraga de la cual quedan un par de recuerdos lejanos, pero todavía útiles.
La nomenclatura de los partidos que participaron del NO (inpulsándolo) lo celebran (conmemoran) lo más lejos posible de los actores esenciales del acontecimiento: la gente. Lo exprimen, eso sí, con fruición, en actos de campañas desaprensivas, en busca de los extraviados.
Con todo (a pesar de todo) el NO, se presenta como uno de los pináculos de los movimientos sociales y ciudadanos de la historia de Chile. "Porque puso término a la dictadura de Pinochet" musita contenta la mayoría.
A 25 años del acontecimiento, resulta pertinente (quizá indispensable) preguntarse sobre la naturaleza del NO. Al menos no es ocioso.
Qué es el No.
No, qué fue, sino, insisto, qué es el NO.
Qué significado tiene en tanto acontecimiento actual. La pregunta se refiere al NO como un hecho del presente. Acontecimiento actual que vivimos como actores y espectadores simultáneamente.
No es un pregunta original (tampoco se pretende).  Interrogarse sobre el presente, es uno de los signos más inequívocos de la modernidad, al menos desde fines del siglo XVIII.
Notable es un texto de Michel Foucault(*) que da cuenta de un periódico alemán, el Berlinische Monatschrift, que tenía el buen hábito de plantear a sus lectores preguntas abiertas, muchas de cuyas respuestas hoy son legendarias, memorables. En diciembre de 1784 se publicó una de Kant a la pregunta: "Qué es la Ilustración". Años después, en 1879, el filósofo respondería a la pregunta más acuciante de su tiempo: "Qué es la revolución", referida obviamente a la francesa.
Guardadas las proporciones (y la colosal magnitud de los personajes citados) pero acicateados por lo mismo, "Qué es el NO", es una pregunta pertinente. Baste con dar cuenta del tembloral histórico que provocó el NO en Chile y las repercusiones, mayores y menores, que hubo en muchos lugares del mundo, para hacerla atingente.
Se escucha decir que el NO fue una manera decente, de los militares, de  entregar el poder. Algo así como "16 años era mucho tiempo". Un argumento procaz, sin dudas.
Se sostiene, en aulas universitarias inclusive, que se trató de un acto democrático, convocado por razones de Estado. De un plebiscito ratificatorio de la presidencia que ostentaba Pinochet, que proponía extenderla por 8 años más. Tan peregrina tesis lleva al absurdo de aceptar que una convocatoria a elecciones o plebiscito de cualquier dictadura, devendría en la transfiguración de esa dictadura en un régimen democrático.
Por ahí se sentencia: se trató del momento culminante de la acumulación de fuerzas políticas y sociales que fueron, finalmente, capaces de derribar la dictadura. (Para llorar).
Los guarismos del resultado tampoco importan. Por lo demás, nadie podría asegurar, en rigor, que el 55,9% del NO y el 44,01% del SI, son cifras auténticas, o morigeradas, o pactadas, lo que abunda en contra del carácter auténticamente democrático de ese plebiscito.
Recordemos que nueve meses después del NO hubo una segunda patita plebiscitaria. El 30 de julio de 1989 se convocó a las urnas a ratificar 54 reformas a la Constitución del ’80 que la dupla Boeninger-Correa pactaron (debidamente mandatados) con el entorno del Comandante en Jefe del Ejército de Chile, es decir, del dictador. Esta vez el resultado fue: 91,25% para el Sí y 8,75% para el No. El fantasma de una Asamblea Constituyente quedaba de esa manera espantado. Qué guarismo, no? Impresionante! ¡¡91,25% contra 8,75%!! (¡¡Hay, gran Nicanor!! Cómo no te tomamos en cuenta cuando nos advertiste que la derecha y la izquierda unidas jamás serían vencidas).
De entre los columnistas que se han referido al NO, uno de dotes comunicacionales, lobista nato, concluye que se trató, en verdad, de la derrota de aquellos civiles contumaces que, encabezados por Jaime Guzmán, alimentaron teóricamente, durante los 16 años, a la dictadura. (Vaya, innecesaria vuelta de tuerca)
Esos análisis y otros análogos pueden resultar finalmente acertados, sin embargo, nos deja lejos de descubrir, o al menos entrever, la naturaleza del NO.
En el ya referido texto de Foucault hay un aserto muy atingente a la cuestión de la sustancia del NO (cito): “Lo que es significativo es la manera en que la revolución se hace espectáculo, es la manera en que es recibida en todos lados por espectadores…que la miran…que asisten a ella…”.
Es lo que ocurre con el NO. Al hacerse espectáculo, todos nos transformamos en espectadores.
El No (como la revolución) muestra a todos sus espectadores, que el poder absoluto puede ser derrotado. No importa el poder que tenga la dictadura. De hecho, cae a vista y presencia de todos sin que nadie pueda evitarlo, en medio de un espectáculo sobrecogedor. Ni siquiera la fuerza militar incontrarrestable de que disponía esa noche el tirano pudo evitar su caída. El poder total, se derrumbó de un momento a otro.
El anuncio de los resultados del acto electoral mismo fue el clímax del NO como espectáculo. Dos de la madrugada del 6 de octubre. Un actor, el Subsecretario de Interior de la dictadura, millones de espectadores criollos y extranjeros. Gana el NO, la dictadura es derrotada, el poder absoluto rueda por el suelo. Vencer es posible. Se instala instantáneamente (y para siempre) en la conciencia de todos los espectadores, la convicción que no hay poder invencible, ni dictadura inexpugnable. Los espectadores, desde ese momento adquieren conciencia que la derrota del poder total, que presencian, será posible por siempre. Se ha transitado de un estado de minoría de edad y un estado de adultez, de dominio sobre el propio destino, para decirlo en las kantianas palabras de la Ilustración.
Así como en Francia a la Revolución le sucede finalmente el Terror, el Imperio Napoleónico y la misma Restauración, carece de importancia que los propósitos del NO de democracia plena, recuperación de los bienes públicos y sociales, etc., hayan quedado en el camino, sea pactados, sea transados, sea traicionados. Carece de importancia respecto del sentido que tiene el NO. Para su esencia.
El NO es el momento que el ejército “jamás vencido” es derrotado por su propio pueblo.
El NO es la demostración y la prueba de la derrota del poder total y absoluto, así sea que se apoye en un poderoso y disciplinado ejército que durante toda la dictadura se deshonró a sí mismo.

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(*) ¿Qué es la Ilustración? Michel Foucault. Alción Editora. Córdova, Argentina. 1996. 

jueves, 8 de agosto de 2013

Señor(a) juez(a)
Cómo se hace una cazuela de ave?


Guillermo Arenas Escudero


Entre los muchos relatos que circulan y se trasmiten de promoción en promoción entre los estudiantes de derecho de la Universidad de Chile hay uno legendario y de suyo sabroso.
Se cuenta que don Arturo Alessandri Rodríguez (primogénito del “León de Tarapacá” y hermano del “Paleta”, como se sabe, ambos Presidentes de Chile) siendo Decano de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales por allá en los años que corrieron de los '20 a los '40, al tomar examen de grado a un alumno de vinoso apellido, y en medio de aquel momento tan solemne como tenso, le dejó caer, sin más, la siguiente pregunta:
-Dígame señor, cómo se hace una cazuela de ave? -.
El candidato a licenciado, desconcertado, a duras penas pudo balbucear en tono casi inaudible que no entendía la razón para tan extraña pregunta.
-Se trata- le dijo don Arturo al estudiante de leyes-que su tía Cristina, que es una gran amiga mía, me llamó ayer para pedirme que le hiciera solamente preguntas facilitas, petición que satisfago, solicitándole le explique a esta comisión examinadora, cómo se hace una cazuela de ave-.
Para llegar a alcanzar las altas cumbres de la Excelentísima Corte Suprema y ser contado entre sus miembros, un juez o jueza debe recorrer un camino largo y sinuoso.
A los magistrados aspirantes a supremos, los pasos finales de ese largo camino les resultan escabrosos, molestos y hasta enojosos. Sus declaraciones a la prensa denotan un talante agrio y un estado de ánimo desasosegado.
Algunos, y lo hacen con una convicción conmovedora, llegan a estimarlos un riesgo para la indispensable independencia que exige el ejercicio de sus potestades.
Repasemos la fase final de este camino que les rezume calvario.
En primer lugar, deben obtener los votos suficientes, en la Corte  Suprema para figurar en una nómina de cinco. Esa quina, se le hace llegar a S.E. el Presidente de la República.
(Para “apurar esta causa” daré por sana la elección de la quina. La declaro libre de toda sospecha lobista y a sus deliberaciones inocuas e inocentes, amén de exentas de cualquier sombra de nepotismo).
En segundo lugar, el Presidente debe optar por uno de los cinco. Sólo por uno y enviar su nombre al Senado. (Pasemos también por alto los criterios que se usan en el Palacio de La Moneda para dirimir entre los pretendientes, pues de seguro que los espíritus del estoico Séneca y Catón el Viejo, rondan el Patio de los Cañones y el de Los Naranjos y muy particularmente su segundo piso, cuando se trata del poder Judicial).
En tercer y último lugar, la Cámara Alta resolverá si acepta o se rechaza la augusta proposición. Un detalle: se requieren 2/3 de los Senadores para que se apruebe el nombre. En buen romance, esto significa que el candidato para ser nombrado supremo debe ser un “transversal” o, ser parte de una dupla pactada (uno afín a cada sector) Total, para eso son los quorums en nuestro eunuco orden institucional: para que funcione el binominal, hasta la esterilidad.
El punto crucial surge en el momento inmediatamente anterior a que el Senado vote. Su Señoría candidato a Ministro de la Corte Suprema, es escrutado sobre algunas de sus conductas en el ejercicio de la magistratura. Los más audaces hasta se atreven a explorar sobre la propensión democrática del candidato.
Este es el momento que incomoda a los jueces y sienten que son violados en sus derechos y dignidades. No son pocos los que apoyan estos remilgos. La majestad que requiere la Justicia sufre daños colaterales, dicen.
Hubo un postulante que aseveró, en el diario El Mercurio, que el Holocausto no fue tanto como se decía. Inmediatamente sus partidarios resintieron que le hubieren echado en cara esas declaraciones. Todos tenemos derecho a tener opiniones, se dijo.
Ni qué decir de las protestas airadas cuando los pretendientes a supremos son inquiridos para que den razón de sus sentencias contrarias a las normas que resguardan y protegen los derechos humanos. O, respecto de las sentencias que sistemáticamente se suscriben en franca violación de los derechos de los trabajadores. O, cuando con reiterada obstinación se inclinan en favor de las grandes empresas, en especial, de las empresas del retail y los bancos.
Tanto no les gustan esas preguntas a los (las) aspirantes, que hasta con cierto contenido enojo lo hacen ver en sus discursos de suprema investidura.
Bueno, para qué dar más vuelta a este asunto propio de épocas de intocables.
Mejor es recomendar a los Senadores la doctrina de don Arturo Alessandri Rodríguez cuando deban interrogar a los interesados(as) en integrar la Corte Suprema.
Valga la pregunta facilita esa:

Dígame señor Juez (o, señora Jueza)…cómo se hace una cazuela de ave? 

domingo, 26 de mayo de 2013

DE USTED, LO SABEMOS TODO,
RELÁJESE Y SONRÍA
(El chip de la nueva cédula de identidad)

Guillermo Arenas Escudero


En septiembre (2012) salió a la venta la nueva cédula de identidad. Viene con una novedad importante: trae incorporado un chip.

Nuestra inocente cédula contiene un dato discreto, clave y esencial: nuestro número de RUN (Rol Único Nacional) Con sagaz disimulo, se ubica bajo la fotografía.

Se nos asigna al nacer. Antes que se nos pregunte por el nombre de la criatura, ni cuáles son sus apellidos, el Estado nos tatúa un número. Algo así como un sucedáneo secular de los santos óleos. Al final de nuestros días, el Registro Civil nos hará el honor de anotar nuestra defunción, sin embargo, el número del RUN nos sobrevivirá y viajará ocupando nuestro lugar por los siglos de los siglos. Una suerte de guiño emoticón no clasificado.

En vida, cuando nos llege el aciago día en que debamos pagar impuestos, el número del RUN se transfigurará en RUT (Rol Único Tributario) sin que tengamos que molestarnos en burocracias.

También será el número de nuestra licencia de conducir. Lo primero que se nos preguntará al solicitarla será: cuál es su RUT.

Todo trámite comienza con esa pregunta ritual, sagrada: “cuál es su RUT”, es decir, se nos pide “nuestro” número de identidad. Lejanos son los días en que se nos decía: “su nombre, por favor”.

¡¡Somos un número!!

Lo mismo nos ocurre en nuestras actividades privadas. A la cajera del supermercado, le proporcionamos nuestro “número” (de identidad) con el fin de acumular puntos en una tarjeta gift. Lo entregamos una, cien, mil veces. Canjeamos nuestra “identidad” por menos de un plato de lentejas.

Suma y sigue: también lo entregamos en farmacias, librerías, tiendas al menudeo (retail), bencineras y botillerías de todos los pelajes. Acumular kilómetros de vuelo es la carnada. ¿Cuál es su número? Para evitar cualquier equivocación, lo  pronunciamos lentamente, mientras nuestra fértil y febril imaginación nos lleva gratuitamente a Cartagena de Indias o Miami.

En esta copia feliz del edén, de usted se tienen todos los datos. Cuando digo todos, me refiero a todos. Algo así como el sueño dorado de cualquier dictador y la pesadilla del ciudadano de a pie. La mítica frase: “los tengo a todos identificados”, hoy es una realidad cruda y gruesa.

El conocimiento prolijo de cada uno de nosotros queda al desnudo, cuando a un futre urbano, de esos que “dan trabajo”, no siéndole suficiente el “papel de antecedentes”, exige “el Dicom”.
Le invito a un ejercicio que nos permita asomar la nariz al mundo binario y virtual (pero tan real como el océano Pacífico) en el que se almacena la información que se tiene de usted, o de mí, o de cualquiera, a disposición del Mercado y del Estado:

Si usted ingresa a la base de datos de “mi” AFP, se enterará (así se enteran los tiburones del Mercado y los agentes del Estado) a cuánto asciende mi remuneración mensual (actual e histórica). De la base de datos de la farmacia se sabrá qué fármacos estoy consumiendo y, si se trata de uno de aquéllos que se expenden con receta retenida, probablemente, quedará al descubierto una enfermedad crucial. En la base de datos de “nuestro” banco, se sabe cuál es el nivel de nuestra deuda. En consecuencia, se sabe de cuánto dinero aún disponemos “libremente” mes a mes. Así, el banco podrá  “ofrecernos” un préstamo. (Cuántas veces hemos recibido ese mensaje tentadoramente satánico: “tiene aprobado un crédito por...comuníquese con su agente”). De paso digamos que el mismo banco sabe qué como…sí como se lee: qué como. Nuestras tarjetas de crédito y de débito son las soplonas. Si compramos acelgas, lechugas, tomates, rábano blanco y rúcula, le doy firmado que en menos de una semana le llegará por correo una guía de restaurantes vegetarianos con cuponera de descuentos. Las cosas se ponen invasivas cuando, del mismo modo, el banco (y todas empresas relacionadas que tienen acceso a esa base de datos) se enteran que compré en una librería Detectives Salvajes y Estrella Distante. Mi correo electrónico reventará con ofertas por los cuentos, poesía y novelas de Roberto Bolaño (convengamos que esta intrusión tendría un cierto ademán erudito). Si tuvo usted la mala ocurrencia de pagar con dinero plástico el precio de “Das Kapital” o la “Biografía del ‘Che’ Guevara”, probablemente no le llegarán ofertas relacionadas, pero en la base de datos de la ANI, Carabineros y la PDI, estará incorporado, antes que abra uno de esos libros.

Puede agregar, hasta el infinito, los lugares donde entrega su número de identidad y tomar plena conciencia que vivimos en la casa de vidrio que tanto escándalo generara en 1999. Los transeúntes creían disfrutar un desnudo de mujer, en circunstancias que era su propia desnudez la que estaba en exhibición.

Se han tomado de la mano la seguridad estatal con el mercado. La vigilancia de los ciudadanos…y el tráfico mercantil de sus datos personales.

Desde las infracciones de tránsito hasta sus aportes al Hogar de Cristo están en bases de datos.

Como si fuere poco, en septiembre de este año entrará en funcionamiento el Data Utah Center, el que dispondrá de la capacidad para descifrar todo tipo de códigos y criptogramas. Esta super base de datos permitirá el almacenamiento de todos los datos imaginables, incluidos “los contenidos completos del correo electrónico privado, de las llamadas de los teléfonos móviles y de las búsquedas en Google…”.[1]

La cédula de identidad, ya se dijo, comenzará a venderse en septiembre. (No obstante que SONDA y la empresa europea que ganara la licitación y el Registro Civil se enfrentan aún en tribunales).

El chip del nuevo carnet vendrá cargado con todos sus datos personales. Muy especialmente contendrá sus viejos datos biométricos (las decimonónicas impresiones dactilares) y los nuevos (sus rasgos faciales) en un certero lenguaje binario que dará cuenta de los patrones biométricos de su semblante.

Para identificarme (identificarle o identificarnos) ya no serán indispensables nuestras impresiones dactilares (método engorroso y tardío), bastará que exhibamos nuestro rostro frente a una cámara y estaremos identificados eficiente e instantáneamente (yo seré yo, usted será usted, él será él, para todos los efectos) con solamente un margen de error de 1/1.000.000 (uno en un millón). Una bicoca.

Inclusive, todo será mucho más amable: “sonría, por favor”. A lo más: “mire a esa cámara”.
Falta nada para que un policía, en la ruta 68, camino a Valparaíso, (cómo Dereck Johnson, ayudante del alguacil de Grand Junction, Colorado, USA)[2] dirija “su” pequeño helicóptero no tripulado (drone), lo sobrevuele delante de mi automóvil, me ordene detenerlo, me conmine a salir y me invite a sonreírle a su cámara.

La cámara del drone habrá capturado mis datos faciales así como la patente del vehículo que conduzco. Los chequeará y autentificará en línea con las bases de datos disponibles en el Estado y el Mercado y, sin temor a equivocarse, el drone me dirá: “Buenas tardes, Sr. Arenas. Veo que conduce el auto de su señora, Sr. Arenas. Avísele que le queda una semana para pagar la segunda cuota de la patente. Entre nos (en confianza, Sr. Arenas) le puedo referir que ella ha comprado “Las 50 sombras de Grey” ¿capito? ¿Le aprovechó el lenguado que compró anteayer en el supermercado, Sr. Arenas. Me imagino lo acompañó con ese chardonnay de este Valle de Casablanca que nos contempla. Le produjo alguna acidez Sr. Arenas? En ese caso, habrá ingerido las tabletas de antiácido que compró en la farmacia, unos minutos después del vino y el pescado (le recomiendo las del laboratorio Roche, Sr. Arenas, esas genéricas no son confiables). Bueno, vamos a lo que nos ocupa. Sr. Arenas, usted venía a exceso de velocidad (completa seis infracciones idénticas en dos años) además hablaba por celular (controle la coprolalia Sr. Arenas) y con las luces apagadas (a propósito, se atrasó en el pago a Chilectra) sin embargo, no le cursaremos el parte correspondiente porque lo hemos retenido (nótese el eufemismo) para comunicarle que está legalmente notificado de la demanda de divorcio que su señora le interpuso cuando salía de Santiago”.

Quizá, no será exactamente como lo he descrito, pero recomiendo esperarlo de esta manera.

Nuestro futuro rigurosamente vigilado debería, al menos, ser morigerado. La Constitución Política (la nueva con la que soñamos y por la que luchamos) deberá proteger estrictamente nuestros datos personales.

Sin embargo, en el ínterin, ahora, ya, al Estado y/o al Mercado no se le pueden dar ventajas.

Un descuido puede resultar fatal. Estos Leviatanes tienen las pezuñas gruesas y ponzoñosas.
Lo cierto es que los límites tolerables se han traspasado hace mucho.

Qué datos están autorizados a incorporar al ship que en septiembre se le adosará a la cédula de identidad.

Se podrán almacenar, como ahora, por los privados?

Los podrán vender?

Con toda energía: tengo derecho a exigir que ese debate se haga y sea público. Tengo derecho a participar en esa conversación y en la resolución del asunto. Mal que mal, los datos en cuestión ¡¡son mis datos!!

Así como van las cosas, una compañía de seguros se va a enterar de nuestras enfermedades catastróficas ¡¡antes que nosotros!!

Las tecnologías nos estrechan o amplían las libertades, depende de cómo las usemos.

No vaya a ser cosa que uno de estos días, cuando andemos buscando trabajo u ofreciendo nuestros modestos servicios, con toda dignidad y vergüenza, se nos diga al final de la entrevista: “El curriculum no es necesario, de usted lo sabemos todo, relájese y sonría. Mire la cámara,, es para dejar registro de la entrevista".





[1]   El Futuro es un País Extraño, Josep Fontana, Pasado&Presente, Barcelona, 2013, pág.55.
[2] National Geográphic, marzo 2013, edición en español, “¿La Nueva Policía?”, portada, “Los drones vuelan a casa” pág. 47 y siguientes.