DESPUÉS
DE TRANSCURRIR UN SIGLO
Guillermo Arenas
Escudero
Licenciado en Cs.
Jurídicas y Sociales
Universidad de Chile
Abogado
Cien años hace que el Comité
Militar Revolucionario, dominado por los bolcheviques procedieron al asalto del
Palacio de Invierno, en la hermosa Petrogrado, dando paso a la instalación del
Soviet de Comisarios del Pueblo. Corría el juliano 25 de octubre de 1917. El
poder cambiaba de mano. La Revolución Rusa se consumaba.
El Asalto al Palacio de
Invierno tomaba su lugar en la historia y se ubicaba junto a la Toma de la
Bastilla del mítico 14 de julio de 1789.
La Revolución Rusa y la
Revolución Francesa son hermanas carnales. Ambas son dos acontecimientos que marcan la historia social, política y económica
moderna de Occidente.
Michel Foucault en “Qué es
la Ilustración (1983)” [i] hace una aguda exégesis sobre
la opinión de Kant respecto de la Revolución (francesa), dice: “Lo que es
significativo es la manera en que la revolución se hace espectáculo, es la
manera en que es recibida en todos lados por espectadores que no participaron
en ella y que para mejor o para peor se dejan arrastrar por ella.”.
El asunto principal trata de
una respuesta filosófica (por tanto con pretensiones de validez universal)
sobre el presente, sobre lo actual, sobre un acontecimiento (la revolución) que conmovía a Francia (en tanto
actores) y al resto del mundo (en tanto espectadores).
Así, el punto no está en los
momentos culminantes del 14 de julio (La Bastilla) o del 25 de octubre (Palacio
de Invierno), ni en las barricadas de les citoyens ni en el empuje militar de la Красная Гвардия (Guardia Roja
de obreros, soldados y marinos). Tampoco en la guillotina ni en los
fusilamientos que terminan con las familias reales depuestas. Tampoco en los
actos del Comité de Seguridad General en el período del Terror francés
(1793-94), como en los actos de la Cheka y el GRU en Rusia (1918-19). Tampoco
de las crisis económicas por las que atravesaban Francia y Rusia al momento de
sus respectivas revoluciones.
El asunto, como se dijo, es el espectáculo
que generaron las dos más relevantes revoluciones de Occidente en sus
espectadores (posiblemente más que en sus actores) al momento de sus
concreciones, es decir, en sus respectivos presentes, y cuyas réplicas
estremecen a las sociedades hasta nuestros días (y las seguirán conmoviendo).
Poseen (siguiendo las categorías de análisis
foucaulianas que usamos de prestado) los signos que colocan a las revoluciones
(francesa y rusa) en la tendencia general de la especie humana en la búsqueda
incesante de su progreso. En efecto, en ambas se pueden advertir los signos rememorativun
(que las revoluciones siempre han sido así) el signo demonstrativum (que
actualmente pasan precisamente así) y el signo pronosticum (que seguirá pasando de esta
manera).
El acontecimiento
revolucionario (en ambos casos) produjo en sus espectadores, cualquiera fuere
el bando en que se inscribieran, una certeza
nueva, imaginada sólo en sus mejores sueños: El poder absoluto podía ser subvertido (sea para instaurar un nuevo orden
republicano burgués (Francia) sea para un nuevo orden económico y político encabezado por obreros (Rusia).
Los espectadores, según el caso, observaron y
adquirieron una convicción: (1879) un nuevo orden (republicano) era posible; (1917)
un nuevo orden (socialista) era posible.
Con todo, el propio Kant
hace una precisión relevante, dice: “No esperen que ese acontecimiento (la
revolución) consista en elevados gestos o en crímenes importantes…No nada de
eso.”.[ii]
Por cierto no se trata de los
detalles, ni de las miserias, ni de las grandezas del acontecimiento sino de su enorme magnitud, la que ineluctablemente terminará
por cambiar el curso de la historia, como una obducción de placas continentales
que al chocar, cambiaran la geografía de planeta (o, como una subducción de
placas tectónicas continentales, capaz de liberar energía suficiente como para producir alguno nuestros terremotos de más de 8 grados de la escala de Richter).
Así, devienen en
irrelevantes datos como que la revolución rusa duró 77 años (1917-1991), y la
francesa 10 (desde 1789 hasta el golpe de estado que diera Napoleón Bonaparte
el 18 Brumario del VIII año del calendario revolucionario).
El acontecimiento [iii] (en ambos casos) fue de
tal magnitud que alcanzó prácticamente a la totalidad de las naciones de la
tierra, qué duda cabe. Se le llama, con toda justicia y certeza “acontecimiento” en razón que las
causas que lo provocan no aparecen como suficientes para explicar su efecto.
Este absurdo aparente, este paradoja que violentaría la ley de causa-efecto,
por cierto exige explicaciones mucho más extensas y acabadas que aquellas que
permiten explicar actualidades, o presentes más frecuentes.
La revolución rusa, de la
que se conmemoran cien años de su ocurrencia, cualquiera sea la posición que
respecto de ella se tome o se tenga, afectó la vida de todos. Las afectó hace
cien años y sus consecuencias nos llegan hasta nuestros días.
El socialismo, en sus inacabables
variedades, versiones y singularidades (cualesquiera sean sus concreciones
históricas, sus éxitos o fracasos) tiene en la Revolución Rusa, una marca, una
huella indeleble de la que no se puede renegar.
Después de transcurrido un
siglo la Revolución Rusa nos saluda desde su digno lugar en la historia
Peñalolén, Chile, octubre de 2017