Señor(a) juez(a)
Cómo se hace una
cazuela de ave?
Guillermo Arenas Escudero
Entre los muchos relatos que circulan y se trasmiten
de promoción en promoción entre los estudiantes de derecho de la Universidad de
Chile hay uno legendario y de suyo sabroso.
Se cuenta que don Arturo Alessandri Rodríguez (primogénito del “León de Tarapacá” y hermano del “Paleta”, como se sabe, ambos
Presidentes de Chile) siendo Decano de la Facultad de Ciencias Jurídicas y
Sociales por allá en los años que corrieron de los '20 a los '40, al tomar
examen de grado a un alumno de vinoso apellido, y en medio de aquel momento tan
solemne como tenso, le dejó caer, sin más, la siguiente pregunta:
-Dígame señor, cómo se hace una cazuela de ave? -.
El candidato a licenciado, desconcertado, a duras
penas pudo balbucear en tono casi inaudible que no entendía la razón para tan
extraña pregunta.
-Se trata- le dijo don Arturo al estudiante de leyes-que
su tía Cristina, que es una gran amiga mía, me llamó ayer para pedirme que le
hiciera solamente preguntas facilitas, petición que satisfago, solicitándole le
explique a esta comisión examinadora, cómo se hace una cazuela de ave-.
Para llegar a alcanzar las altas cumbres de la
Excelentísima Corte Suprema y ser contado entre sus miembros, un juez o jueza
debe recorrer un camino largo y sinuoso.
A los magistrados aspirantes a supremos, los pasos
finales de ese largo camino les resultan escabrosos, molestos y hasta enojosos.
Sus declaraciones a la prensa denotan un talante agrio y un estado de ánimo desasosegado.
Algunos, y lo hacen con una convicción conmovedora,
llegan a estimarlos un riesgo para la indispensable independencia que exige el
ejercicio de sus potestades.
Repasemos la fase final de este camino que les rezume
calvario.
En primer lugar, deben obtener los votos suficientes,
en la Corte Suprema para figurar en una
nómina de cinco. Esa quina, se le hace llegar a S.E. el Presidente de la
República.
(Para “apurar esta causa” daré por sana la elección de
la quina. La declaro libre de toda sospecha lobista y a sus deliberaciones inocuas
e inocentes, amén de exentas de cualquier sombra de nepotismo).
En segundo lugar, el Presidente debe optar por uno de los
cinco. Sólo por uno y enviar su nombre al Senado. (Pasemos también por alto los
criterios que se usan en el Palacio de La Moneda para dirimir entre los
pretendientes, pues de seguro que los espíritus del estoico Séneca y Catón el
Viejo, rondan el Patio de los Cañones y el de Los Naranjos y muy
particularmente su segundo piso, cuando se trata del poder Judicial).
En tercer y último lugar, la Cámara Alta resolverá si
acepta o se rechaza la augusta proposición. Un detalle: se requieren 2/3 de los
Senadores para que se apruebe el nombre. En buen romance, esto significa que el
candidato para ser nombrado supremo debe ser un “transversal” o, ser parte de
una dupla pactada (uno afín a cada sector) Total, para eso son los quorums en nuestro
eunuco orden institucional: para que funcione el binominal, hasta la
esterilidad.
El punto crucial surge en el momento inmediatamente
anterior a que el Senado vote. Su Señoría candidato a Ministro de la
Corte Suprema, es escrutado sobre algunas de sus conductas en el ejercicio de
la magistratura. Los más audaces hasta se atreven a explorar sobre la
propensión democrática del candidato.
Este es el momento que incomoda a los jueces y sienten
que son violados en sus derechos y dignidades. No son pocos los que apoyan
estos remilgos. La majestad que requiere la Justicia sufre daños colaterales, dicen.
Hubo un postulante que aseveró, en el diario El
Mercurio, que el Holocausto no fue tanto como se decía. Inmediatamente sus
partidarios resintieron que le hubieren echado en cara esas declaraciones. Todos
tenemos derecho a tener opiniones, se dijo.
Ni qué decir de las protestas airadas cuando los pretendientes
a supremos son inquiridos para que den razón de sus sentencias contrarias a las
normas que resguardan y protegen los derechos humanos. O, respecto de las
sentencias que sistemáticamente se suscriben en franca violación de los derechos
de los trabajadores. O, cuando con reiterada obstinación se inclinan en favor de
las grandes empresas, en especial, de las empresas del retail y los bancos.
Tanto no les gustan esas preguntas a los (las)
aspirantes, que hasta con cierto contenido enojo lo hacen ver en sus discursos
de suprema investidura.
Bueno, para qué dar más vuelta a este asunto propio de
épocas de intocables.
Mejor es recomendar a los Senadores la doctrina de don
Arturo Alessandri Rodríguez cuando deban interrogar a los interesados(as) en
integrar la Corte Suprema.
Valga la pregunta facilita esa:
Dígame señor Juez (o, señora Jueza)…cómo se hace una
cazuela de ave?