DE USTED, LO SABEMOS TODO,
RELÁJESE Y SONRÍA
(El chip de la nueva cédula de identidad)
Guillermo Arenas Escudero
En septiembre (2012) salió a la venta la nueva cédula de
identidad. Viene con una novedad importante: trae incorporado un chip.
Nuestra inocente cédula contiene un dato discreto, clave
y esencial: nuestro número de RUN (Rol Único Nacional) Con sagaz disimulo, se
ubica bajo la fotografía.
Se nos asigna al nacer. Antes que se nos pregunte por
el nombre de la criatura, ni cuáles son sus apellidos, el Estado nos tatúa un
número. Algo así como un sucedáneo secular de los santos óleos. Al final de
nuestros días, el Registro Civil nos hará el honor de anotar nuestra defunción,
sin embargo, el número del RUN nos sobrevivirá y viajará ocupando nuestro lugar
por los siglos de los siglos. Una suerte de guiño emoticón no clasificado.
En vida, cuando nos llege el aciago día en que debamos
pagar impuestos, el número del RUN se transfigurará en RUT (Rol Único Tributario)
sin que tengamos que molestarnos en burocracias.
También será el número de nuestra licencia de conducir.
Lo primero que se nos preguntará al solicitarla será: cuál es su RUT.
Todo trámite comienza con esa pregunta ritual,
sagrada: “cuál es su RUT”, es decir, se nos pide “nuestro” número de identidad.
Lejanos son los días en que se nos decía: “su nombre, por favor”.
¡¡Somos un número!!
Lo mismo nos ocurre en nuestras actividades privadas.
A la cajera del supermercado, le proporcionamos nuestro “número” (de identidad)
con el fin de acumular puntos en una tarjeta gift. Lo entregamos una, cien, mil veces.
Canjeamos nuestra “identidad” por menos de un plato de lentejas.
Suma y sigue: también lo
entregamos en farmacias,
librerías, tiendas al menudeo (retail), bencineras y botillerías de todos los
pelajes. Acumular kilómetros de vuelo es la carnada. ¿Cuál es su número? Para evitar
cualquier equivocación, lo pronunciamos
lentamente, mientras nuestra fértil y febril imaginación nos lleva
gratuitamente a Cartagena de Indias o Miami.
En esta copia feliz del edén, de usted se tienen todos
los datos. Cuando digo todos, me refiero a todos. Algo así como el sueño dorado
de cualquier dictador y la pesadilla del ciudadano de a pie. La mítica frase:
“los tengo a todos identificados”, hoy es una realidad cruda y gruesa.
El conocimiento prolijo de cada uno de nosotros queda
al desnudo, cuando a un futre urbano, de esos que “dan trabajo”, no siéndole
suficiente el “papel de antecedentes”, exige “el Dicom”.
Le invito a un ejercicio que nos permita asomar la
nariz al mundo binario y virtual (pero tan real como el océano Pacífico) en el
que se almacena la información que se tiene de usted, o de mí, o de cualquiera,
a disposición del Mercado y del Estado:
Si usted ingresa a la base de datos de “mi” AFP, se
enterará (así se enteran los tiburones del Mercado y los agentes del Estado) a
cuánto asciende mi remuneración mensual (actual e histórica). De la base de
datos de la farmacia se sabrá qué fármacos estoy consumiendo y, si se trata de uno
de aquéllos que se expenden con receta retenida, probablemente, quedará al
descubierto una enfermedad crucial. En la base de datos de “nuestro” banco, se
sabe cuál es el nivel de nuestra deuda. En consecuencia, se sabe de cuánto
dinero aún disponemos “libremente” mes a mes. Así, el banco podrá “ofrecernos” un préstamo. (Cuántas veces
hemos recibido ese mensaje tentadoramente satánico: “tiene aprobado un crédito
por...comuníquese con su agente”). De paso digamos que el mismo banco sabe qué
como…sí como se lee: qué como. Nuestras tarjetas de crédito y de débito son las
soplonas. Si compramos acelgas, lechugas, tomates, rábano blanco y rúcula, le
doy firmado que en menos de una semana le llegará por correo una guía de
restaurantes vegetarianos con cuponera de descuentos. Las cosas se ponen
invasivas cuando, del mismo modo, el banco (y todas empresas relacionadas que
tienen acceso a esa base de datos) se enteran que compré en una librería Detectives
Salvajes y Estrella Distante. Mi correo electrónico reventará con ofertas por
los cuentos, poesía y novelas de Roberto Bolaño (convengamos que esta intrusión
tendría un cierto ademán erudito). Si tuvo usted la mala ocurrencia de pagar
con dinero plástico el precio de “Das Kapital” o la “Biografía del ‘Che’
Guevara”, probablemente no le llegarán ofertas relacionadas, pero en la base de
datos de la ANI, Carabineros y la PDI, estará incorporado, antes que abra uno
de esos libros.
Puede agregar, hasta el infinito, los lugares donde
entrega su número de identidad y tomar plena conciencia que vivimos en la casa
de vidrio que tanto escándalo generara en 1999. Los transeúntes creían
disfrutar un desnudo de mujer, en circunstancias que era su propia desnudez la
que estaba en exhibición.
Se han tomado de la mano la seguridad estatal con el
mercado. La vigilancia de los ciudadanos…y el tráfico mercantil de sus datos
personales.
Desde las infracciones de tránsito hasta sus aportes
al Hogar de Cristo están en bases de datos.
Como si fuere poco, en septiembre de este año entrará
en funcionamiento el Data Utah Center, el que dispondrá de la capacidad para descifrar
todo tipo de códigos y criptogramas. Esta super base de datos permitirá el
almacenamiento de todos los datos imaginables, incluidos “los contenidos
completos del correo electrónico privado, de las llamadas de los teléfonos
móviles y de las búsquedas en Google…”.[1]
La cédula de identidad, ya se dijo, comenzará a
venderse en septiembre. (No obstante que SONDA y la empresa europea que ganara
la licitación y el Registro Civil se enfrentan aún en tribunales).
El chip del nuevo carnet vendrá cargado con
todos sus datos personales. Muy especialmente contendrá sus viejos datos biométricos
(las decimonónicas impresiones dactilares) y los nuevos (sus rasgos faciales)
en un certero lenguaje binario que dará cuenta de los patrones biométricos de
su semblante.
Para identificarme (identificarle o identificarnos) ya
no serán indispensables nuestras impresiones dactilares (método engorroso y
tardío), bastará que exhibamos nuestro rostro frente a una cámara y estaremos
identificados eficiente e instantáneamente (yo seré yo, usted será usted, él
será él, para todos los efectos) con solamente un margen de error de
1/1.000.000 (uno en un millón). Una bicoca.
Inclusive, todo será mucho más amable: “sonría, por
favor”. A lo más: “mire a esa cámara”.
Falta nada para que un policía, en la ruta 68, camino
a Valparaíso, (cómo Dereck Johnson, ayudante del alguacil de Grand Junction,
Colorado, USA)[2] dirija “su” pequeño helicóptero no tripulado (drone),
lo sobrevuele delante de mi automóvil, me ordene detenerlo, me conmine a salir
y me invite a sonreírle a su cámara.
La cámara del drone habrá capturado mis datos faciales
así como la patente del vehículo que conduzco. Los chequeará y autentificará en
línea con las bases de datos disponibles en el Estado y el Mercado y, sin temor
a equivocarse, el drone me dirá: “Buenas tardes, Sr. Arenas. Veo que conduce el
auto de su señora, Sr. Arenas. Avísele que le queda una semana para pagar la
segunda cuota de la patente. Entre nos (en confianza, Sr. Arenas) le puedo referir
que ella ha comprado “Las 50 sombras de Grey” ¿capito? ¿Le aprovechó el
lenguado que compró anteayer en el supermercado, Sr. Arenas. Me imagino lo
acompañó con ese chardonnay de este Valle de Casablanca que nos contempla. Le
produjo alguna acidez Sr. Arenas? En ese caso, habrá ingerido las tabletas de
antiácido que compró en la farmacia, unos minutos después del vino y el pescado
(le recomiendo las del laboratorio Roche, Sr. Arenas, esas genéricas no son
confiables). Bueno, vamos a lo que nos ocupa. Sr. Arenas, usted venía a exceso
de velocidad (completa seis infracciones idénticas en dos años) además hablaba
por celular (controle la coprolalia Sr. Arenas) y con las luces apagadas (a
propósito, se atrasó en el pago a Chilectra) sin embargo, no le cursaremos el
parte correspondiente porque lo hemos retenido (nótese el eufemismo) para
comunicarle que está legalmente notificado de la demanda de divorcio que su
señora le interpuso cuando salía de Santiago”.
Quizá, no será exactamente como lo he
descrito, pero recomiendo esperarlo de esta manera.
Nuestro futuro rigurosamente vigilado debería, al menos, ser
morigerado. La Constitución Política (la nueva con la que soñamos y por la que
luchamos) deberá proteger estrictamente nuestros datos personales.
Sin embargo, en el ínterin, ahora, ya, al Estado y/o
al Mercado no se le pueden dar ventajas.
Un descuido puede resultar fatal. Estos Leviatanes
tienen las pezuñas gruesas y ponzoñosas.
Lo cierto es que los límites tolerables se han
traspasado hace mucho.
Qué datos están autorizados a incorporar al ship que
en septiembre se le adosará a la cédula de identidad.
Se podrán almacenar, como ahora, por los privados?
Los podrán vender?
Con toda energía: tengo derecho a exigir que ese
debate se haga y sea público. Tengo derecho a participar en esa conversación y
en la resolución del asunto. Mal que mal, los datos en cuestión ¡¡son mis
datos!!
Así como van las cosas, una compañía de seguros se va
a enterar de nuestras enfermedades catastróficas ¡¡antes que nosotros!!
Las tecnologías nos estrechan o amplían las
libertades, depende de cómo las usemos.
No vaya a ser cosa que uno de estos días, cuando
andemos buscando trabajo u ofreciendo nuestros modestos servicios, con toda
dignidad y vergüenza, se nos diga al final de la entrevista: “El curriculum no es necesario, de usted lo
sabemos todo, relájese y sonría. Mire la cámara,, es para dejar registro de la entrevista".