domingo, 26 de mayo de 2013

DE USTED, LO SABEMOS TODO,
RELÁJESE Y SONRÍA
(El chip de la nueva cédula de identidad)

Guillermo Arenas Escudero


En septiembre (2012) salió a la venta la nueva cédula de identidad. Viene con una novedad importante: trae incorporado un chip.

Nuestra inocente cédula contiene un dato discreto, clave y esencial: nuestro número de RUN (Rol Único Nacional) Con sagaz disimulo, se ubica bajo la fotografía.

Se nos asigna al nacer. Antes que se nos pregunte por el nombre de la criatura, ni cuáles son sus apellidos, el Estado nos tatúa un número. Algo así como un sucedáneo secular de los santos óleos. Al final de nuestros días, el Registro Civil nos hará el honor de anotar nuestra defunción, sin embargo, el número del RUN nos sobrevivirá y viajará ocupando nuestro lugar por los siglos de los siglos. Una suerte de guiño emoticón no clasificado.

En vida, cuando nos llege el aciago día en que debamos pagar impuestos, el número del RUN se transfigurará en RUT (Rol Único Tributario) sin que tengamos que molestarnos en burocracias.

También será el número de nuestra licencia de conducir. Lo primero que se nos preguntará al solicitarla será: cuál es su RUT.

Todo trámite comienza con esa pregunta ritual, sagrada: “cuál es su RUT”, es decir, se nos pide “nuestro” número de identidad. Lejanos son los días en que se nos decía: “su nombre, por favor”.

¡¡Somos un número!!

Lo mismo nos ocurre en nuestras actividades privadas. A la cajera del supermercado, le proporcionamos nuestro “número” (de identidad) con el fin de acumular puntos en una tarjeta gift. Lo entregamos una, cien, mil veces. Canjeamos nuestra “identidad” por menos de un plato de lentejas.

Suma y sigue: también lo entregamos en farmacias, librerías, tiendas al menudeo (retail), bencineras y botillerías de todos los pelajes. Acumular kilómetros de vuelo es la carnada. ¿Cuál es su número? Para evitar cualquier equivocación, lo  pronunciamos lentamente, mientras nuestra fértil y febril imaginación nos lleva gratuitamente a Cartagena de Indias o Miami.

En esta copia feliz del edén, de usted se tienen todos los datos. Cuando digo todos, me refiero a todos. Algo así como el sueño dorado de cualquier dictador y la pesadilla del ciudadano de a pie. La mítica frase: “los tengo a todos identificados”, hoy es una realidad cruda y gruesa.

El conocimiento prolijo de cada uno de nosotros queda al desnudo, cuando a un futre urbano, de esos que “dan trabajo”, no siéndole suficiente el “papel de antecedentes”, exige “el Dicom”.
Le invito a un ejercicio que nos permita asomar la nariz al mundo binario y virtual (pero tan real como el océano Pacífico) en el que se almacena la información que se tiene de usted, o de mí, o de cualquiera, a disposición del Mercado y del Estado:

Si usted ingresa a la base de datos de “mi” AFP, se enterará (así se enteran los tiburones del Mercado y los agentes del Estado) a cuánto asciende mi remuneración mensual (actual e histórica). De la base de datos de la farmacia se sabrá qué fármacos estoy consumiendo y, si se trata de uno de aquéllos que se expenden con receta retenida, probablemente, quedará al descubierto una enfermedad crucial. En la base de datos de “nuestro” banco, se sabe cuál es el nivel de nuestra deuda. En consecuencia, se sabe de cuánto dinero aún disponemos “libremente” mes a mes. Así, el banco podrá  “ofrecernos” un préstamo. (Cuántas veces hemos recibido ese mensaje tentadoramente satánico: “tiene aprobado un crédito por...comuníquese con su agente”). De paso digamos que el mismo banco sabe qué como…sí como se lee: qué como. Nuestras tarjetas de crédito y de débito son las soplonas. Si compramos acelgas, lechugas, tomates, rábano blanco y rúcula, le doy firmado que en menos de una semana le llegará por correo una guía de restaurantes vegetarianos con cuponera de descuentos. Las cosas se ponen invasivas cuando, del mismo modo, el banco (y todas empresas relacionadas que tienen acceso a esa base de datos) se enteran que compré en una librería Detectives Salvajes y Estrella Distante. Mi correo electrónico reventará con ofertas por los cuentos, poesía y novelas de Roberto Bolaño (convengamos que esta intrusión tendría un cierto ademán erudito). Si tuvo usted la mala ocurrencia de pagar con dinero plástico el precio de “Das Kapital” o la “Biografía del ‘Che’ Guevara”, probablemente no le llegarán ofertas relacionadas, pero en la base de datos de la ANI, Carabineros y la PDI, estará incorporado, antes que abra uno de esos libros.

Puede agregar, hasta el infinito, los lugares donde entrega su número de identidad y tomar plena conciencia que vivimos en la casa de vidrio que tanto escándalo generara en 1999. Los transeúntes creían disfrutar un desnudo de mujer, en circunstancias que era su propia desnudez la que estaba en exhibición.

Se han tomado de la mano la seguridad estatal con el mercado. La vigilancia de los ciudadanos…y el tráfico mercantil de sus datos personales.

Desde las infracciones de tránsito hasta sus aportes al Hogar de Cristo están en bases de datos.

Como si fuere poco, en septiembre de este año entrará en funcionamiento el Data Utah Center, el que dispondrá de la capacidad para descifrar todo tipo de códigos y criptogramas. Esta super base de datos permitirá el almacenamiento de todos los datos imaginables, incluidos “los contenidos completos del correo electrónico privado, de las llamadas de los teléfonos móviles y de las búsquedas en Google…”.[1]

La cédula de identidad, ya se dijo, comenzará a venderse en septiembre. (No obstante que SONDA y la empresa europea que ganara la licitación y el Registro Civil se enfrentan aún en tribunales).

El chip del nuevo carnet vendrá cargado con todos sus datos personales. Muy especialmente contendrá sus viejos datos biométricos (las decimonónicas impresiones dactilares) y los nuevos (sus rasgos faciales) en un certero lenguaje binario que dará cuenta de los patrones biométricos de su semblante.

Para identificarme (identificarle o identificarnos) ya no serán indispensables nuestras impresiones dactilares (método engorroso y tardío), bastará que exhibamos nuestro rostro frente a una cámara y estaremos identificados eficiente e instantáneamente (yo seré yo, usted será usted, él será él, para todos los efectos) con solamente un margen de error de 1/1.000.000 (uno en un millón). Una bicoca.

Inclusive, todo será mucho más amable: “sonría, por favor”. A lo más: “mire a esa cámara”.
Falta nada para que un policía, en la ruta 68, camino a Valparaíso, (cómo Dereck Johnson, ayudante del alguacil de Grand Junction, Colorado, USA)[2] dirija “su” pequeño helicóptero no tripulado (drone), lo sobrevuele delante de mi automóvil, me ordene detenerlo, me conmine a salir y me invite a sonreírle a su cámara.

La cámara del drone habrá capturado mis datos faciales así como la patente del vehículo que conduzco. Los chequeará y autentificará en línea con las bases de datos disponibles en el Estado y el Mercado y, sin temor a equivocarse, el drone me dirá: “Buenas tardes, Sr. Arenas. Veo que conduce el auto de su señora, Sr. Arenas. Avísele que le queda una semana para pagar la segunda cuota de la patente. Entre nos (en confianza, Sr. Arenas) le puedo referir que ella ha comprado “Las 50 sombras de Grey” ¿capito? ¿Le aprovechó el lenguado que compró anteayer en el supermercado, Sr. Arenas. Me imagino lo acompañó con ese chardonnay de este Valle de Casablanca que nos contempla. Le produjo alguna acidez Sr. Arenas? En ese caso, habrá ingerido las tabletas de antiácido que compró en la farmacia, unos minutos después del vino y el pescado (le recomiendo las del laboratorio Roche, Sr. Arenas, esas genéricas no son confiables). Bueno, vamos a lo que nos ocupa. Sr. Arenas, usted venía a exceso de velocidad (completa seis infracciones idénticas en dos años) además hablaba por celular (controle la coprolalia Sr. Arenas) y con las luces apagadas (a propósito, se atrasó en el pago a Chilectra) sin embargo, no le cursaremos el parte correspondiente porque lo hemos retenido (nótese el eufemismo) para comunicarle que está legalmente notificado de la demanda de divorcio que su señora le interpuso cuando salía de Santiago”.

Quizá, no será exactamente como lo he descrito, pero recomiendo esperarlo de esta manera.

Nuestro futuro rigurosamente vigilado debería, al menos, ser morigerado. La Constitución Política (la nueva con la que soñamos y por la que luchamos) deberá proteger estrictamente nuestros datos personales.

Sin embargo, en el ínterin, ahora, ya, al Estado y/o al Mercado no se le pueden dar ventajas.

Un descuido puede resultar fatal. Estos Leviatanes tienen las pezuñas gruesas y ponzoñosas.
Lo cierto es que los límites tolerables se han traspasado hace mucho.

Qué datos están autorizados a incorporar al ship que en septiembre se le adosará a la cédula de identidad.

Se podrán almacenar, como ahora, por los privados?

Los podrán vender?

Con toda energía: tengo derecho a exigir que ese debate se haga y sea público. Tengo derecho a participar en esa conversación y en la resolución del asunto. Mal que mal, los datos en cuestión ¡¡son mis datos!!

Así como van las cosas, una compañía de seguros se va a enterar de nuestras enfermedades catastróficas ¡¡antes que nosotros!!

Las tecnologías nos estrechan o amplían las libertades, depende de cómo las usemos.

No vaya a ser cosa que uno de estos días, cuando andemos buscando trabajo u ofreciendo nuestros modestos servicios, con toda dignidad y vergüenza, se nos diga al final de la entrevista: “El curriculum no es necesario, de usted lo sabemos todo, relájese y sonría. Mire la cámara,, es para dejar registro de la entrevista".





[1]   El Futuro es un País Extraño, Josep Fontana, Pasado&Presente, Barcelona, 2013, pág.55.
[2] National Geográphic, marzo 2013, edición en español, “¿La Nueva Policía?”, portada, “Los drones vuelan a casa” pág. 47 y siguientes.